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La sensación de estar siendo vigilado desapareció hace días, es más, por su experiencia, diría con casi absoluta certeza que quien fuera su sombra durante los últimos días ya no estaba.

A pesar de ello, no quería lanzar las campanas al vuelo, la prudencia se lo impedía, pero le animaba comprobar que poco a poco se iban dando los movimientos necesarios para dejar atrás su vil pasado.

Un largo período sin actividad profesional, el haberse sincerado con María, buscar un empleo corriente como cualquier persona normal, disfrutar del tiempo libre, y sobre todo, su relación con aquella madrileña que tanto le atraía y que le estaba haciendo perder la cabeza.

– Paso a paso Vincent, paso a paso. – Se decía mientras esperaba a María en la terraza del bar de aquel placentero hotel de la costa sueca, disfrutando de unos agradables rayos de sol matutino y una deliciosa taza de café…


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– Pues la verdad es que me parece increíble todo lo que me estás contando, aunque por lo que dices, todos son motivos de peso para dar el paso que has dado –

– Ya no podía más, y aunque no te lo creas, el hecho de que el imbécil de tu marido recurriera a mí para pedirme lo que me pidió, me hizo pensar. Sé que he cometido errores en mi vida y que mi conducta a veces como mínimo ha rayado la inmoralidad, incluso te diría que en algunas ocasiones he traspasado ciertos límites legales, y sinceramente, en más de una ocasión, un sentimiento de culpabilidad ha castigado mi conciencia. Como te he dicho antes, lo de Robert ha sido la gota que ha colmado el vaso –

– Entonces, tu idea es empezar de nuevo, supongo –

– Exacto, como tú – Respondió Eric con una sonrisa cómplice en su rostro.

– Bueno, perdona que insista, pero sigo sin salir de mi asombro – Dijo Rachel correspondiéndole con otra sonrisa.

– Me hago cargo, no creas, yo todavía no me pienso que haya sido capaz de decidirme, aunque, como ya te dije, llevaba tiempo preparando el terreno –

Rachel cambió de tema de manera radical pero involuntaria para preguntarle que a dónde se alojaba. Eric le dijo que de momento pernoctaría en un modesto hotel no muy lejos de allí.

– Creo que voy a ir a deshacer el equipaje y a descansar un poco. El vuelo ha sido largo y no he dormido casi nada. Si te apetece nos vemos en un rato, cenamos juntos y seguimos con la charla –

– Me apetece… –


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Sorprendentemente, el jefe de María no le puso objeciones para que en un par de semanas pudiera pillar unos días de vacaciones, ya que la política de la empresa era la de no pagar horas extras, compensándolas en descanso, y la verdad es que el volumen de trabajo obligaba a la mayoría de empleados de dicha empresa exceder su horario ordinario, y ella no era una excepción.

Vincent se encargó de preparar la escapada a Suecia, se moría de ganas por volver a Fjälbacka, y sobre todo con María. No le cabía ninguna duda de que iban a pasar unos días estupendos. Nada de pasar calor, dando largos paseos, intercalados con agradables ratos de lectura, momentos ‘fika… ella y él, solos, disfrutando el uno del otro, insistiendo en que su relación se fuera consolidando, conociéndose aún más, apostando por el cariño como vehículo sentimental, cultivando un amor cual adolescentes en los primeros años de instituto… 


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Una brisa agradable envolvía el chiringuito tahitiano en el que ambos se sentaron para tomar unas cervezas, lo más parecido a lo que para Eric podría ser el paraíso. 

– Bueno, cuéntame, que estoy impaciente por saber…-

Eric le dio un largo trago a su tercio hasta casi apurarlo y con cara de no saber cómo Rachel encajaría lo que le iba a decir, empezó a buscar en el fondo de su mente las palabras más adecuadas.

– Sé que te parecerá una locura, pero voy a ir al grano, lo he pensado detenidamente y he tomado una decisión bastante trascendente que va a cambiar mi vida por completo, pero antes que nada quiero que sepas que mi intención no es condicionarte, y lo que hago, espero no suponga más presión sobre ti de la que has sufrido o todavía soportas, en esta, tu nueva etapa, en tu momento de transición –

– Joder Eric. Venga, que me tienes en ascuas –

Eric sonrió, y le soltó de golpe, cruzando los dedos, que había dimitido de su cargo, que había vendido la mayoría de sus posesiones, que se había desprendido, a muy buen precio por cierto, de todas sus participaciones en las empresas que hasta entonces le reportaban ingentes beneficios, y que en circunstancias parecidas, aunque por distintos motivos, como era el caso de ella, había desaparecido sin dejar rastro.

Conforme Eric le iba contando aquello, la cara de Rachel se volvía cada vez más circunspecta, le estaba costando trabajo que la sorpresa y la incredulidad se reflejara en su rostro.

– Te parecerá increíble, pero llevo organizándolo desde hace tiempo, estoy muy quemado, el día a día era ya bastante insoportable, tenía asuntos en los que me encontraba como en un callejón sin salida, mi vida era una mierda, aunque aparentemente no lo pareciera, mi integridad física corría peligro en cada vez más ocasiones, con amenazas, llevando un guardaespaldas, poca privacidad… un largo etcétera que ha hecho que me lo replantee todo, y bueno, aquí estoy –

Rachel se quedó de piedra, con la boca abierta, invitando a que en cualquier momento le entrara una mosca, los ojos como platos e incapaz de articular palabra…


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No daba crédito. No se lo podía creer. Aquella figura que conforme se iba acercando le sonaba cada vez más, era Eric. Pero qué estaba haciendo aquí, para que habría venido. No pudo evitar preocuparse, una sensación que la embargó interiormente e hizo que se le formara un nudo en el estómago. Casi paralizada, ni siquiera se levantó cuando él llegó a su altura.

– Eric, ¿qué haces aquí? –

– Hola Rachel, cómo estás. Yo también me alegro de verte. –

– Lo siento, no pretendía ser grosera, es que me sorprende muchísimo tu presencia. ¿Es qué ha pasado…? –

– Perdona que te interrumpa. Antes de que sigas, quiero que sepas que no pasa nada, y que no tienes porque preocuparte, mi idea no era inquietarte, más bien pretendía sorprenderte gratamente. –

– Y lo has hecho, pero no he podido evitar imaginarme que hubiera ocurrido algo malo. –

– Pues no, insisto. No te preocupes. Así que empecemos de nuevo y dame un abrazo de bienvenida. –

Eric volvió a preguntarle a Rachel cómo estaba a la vez que la abrazaba y le daba un cariñoso beso en la mejilla. Esta le respondió que muy bien, aunque un tanto aburrida y un poco cansada de estar tanto tiempo sola.

– No estoy acostumbrada, ¿sabes? –

– Me lo imagino. Estás más guapa desde la última vez que te vi. –

Ella se ruborizó, y para disimularlo insistió en cuál era el motivo de su inesperada visita. 

– Si te parece te lo cuento mientras nos tomamos un cerveza en algún sitio donde dé la sombra. Me muero de sed y tengo muchísima calor. –

– Vale. Supongo que estarás deseando de quitarte por lo menos la americana de ese traje tan oscuro y tan elegante que te has puesto para caminar por la arena. – Dijo Rachel con sarcasmo, a lo que Eric respondió con una sonora carcajada…


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Las tenues olas acariciaban sus pies mientras disfrutaba de un sol reconfortante y de una lectura digamos, entretenida, y es que aunque leer era una de sus pasiones, la rutina se había transformado en monótona y su día a día empezaba a poder calificarse de tedioso en algunos momentos.

Se esforzaba por ver las cosas con perspectiva, y era consciente de que debía considerarse muy afortunada a tenor de las circunstancias que se habían dado hasta el momento, y aunque estaba en un idílico y seguramente inmejorable lugar, paradójicamente sentía la necesidad de un cambio, un abandonar intermitente de aquella ‘zona de confort’ que la estaba agobiando un poco. 

No le ocurría lo mismo al protagonista de la novela que estaba leyendo, un investigador de la Guardia Civil española, al que le habían encargado que resolviera el asesinato de un militar del ejército en una base de Afganistan, hasta donde se había tenido que desplazar junto con su inseparable compañera…

Hizo una pausa aprovechando que había terminado un capítulo, levantó la vista y se deleitó con aquel magnífico horizonte que se presentaba ante sus ojos cual pintura de Van Gogh, cuando de soslayo, percibió a lo lejos la figura de un hombre trajeado que se acercaba por la orilla. Aquella no era una playa especialmente concurrida, pero no faltaban turistas que esporádicamente aparecían para disfrutar de un sencillo paseo.

La distancia hizo que Rachel dejara de prestarle atención, pero al cabo de unos minutos, cuando dicho individuo estuvo más cerca, le embargó la sensación de que le era un tanto familiar…


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Fjallbacka III


– He pensado que podríamos coger unos días de vacaciones. –

– Tiene gracia que me digas eso. –

– ¿Por qué? ¿Que tiene de gracioso?

– Porque sería yo quien tendría que coger los días, tú estás siempre de vacas. – María dijo aquello con un tono cariñoso y guiñándole un ojo.

– Bueno, entiéndeme. Lo que en realidad quiero decir es que me gustaría que hiciéramos un viaje, una escapadita como la que hicimos a Sevilla, aunque esta vez saldríamos de España, a un pueblecito en el que he estado un par de veces y que echo de menos. Me haría mucha ilusión que lo conocieras conmigo. Por cierto, mi jefa eres tú. – Vincent le devolvió el guiño. 

María sonrió, se acercó a él y se colocó a horcajadas sobre sus piernas, obligándolo a apartar la novela que tenía en sus manos y que leía sentado en el ‘acogedor rincón de lectura’ del apartamento. 

– Eres un sol, y me muero por ir a donde sea contigo, y que me enseñes ese sitio tan especial para ti, pero dudo que en el trabajo me faciliten la historia.-

– No tiene por que ser ahora. Habla con tu jefe y le dices que quieres una semanita, para cuando a él le venga bien, y en el momento que pueda ser nos largamos. Yo me encargo. 

– Tú te encargas de… –

– Pues de sacar los billetes y de buscar alojamiento, tontita mía. –

– Me parece un plan muy atractivo y además me está picando la curiosidad y estás despertando mi gen viajero, que estaba algo aletargado últimamente. Está bien, se lo comentaré a ver que me dice. ¿Y qué lugar es ese? Me tienes un poco intrigada. –

Vinc, en principio, quería darle la sorpresa, pero al ver la cara de ella y sus continuos gestos de cariño con la intención de convencerlo de que le dijera a donde quería llevarla, se lo dijo.

– Iremos a Fjälbacka, un pequeño pueblo costero al oeste de Suecia…


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Madrid 44.0


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Los días transcurrían rápidos, señal inequívoca de que todo iba sobre ruedas. La convivencia era casi perfecta, estaban bien el uno con el otro, no tenían problemas a la hora de repartir las tareas que demandaba el hecho de compartir un hogar, y cada vez que tenían la oportunidad, hacían el amor como locos.

Mientras María hacía frente a su rutina diaria en la oficina, Vincent ponía en orden el apartamento, hacía la compra y preparaba el almuerzo, la cena era cosa de ella, y el resto del tiempo se dedicaba a buscar trabajo.

Su currículum era bastante bueno, aunque no reflejaba una laguna temporal en el apartado de ‘experiencia profesional’. No quedaría muy ortodoxo reflejar que durante varios años había sido un asesino a sueldo, por lo que dicha laguna la suplía con un hipotético empleo en el que habría ejercido como abogado en un prestigioso bufete de abogados neoyorquino. Uno de los socios fundadores, era un viejo amigo, y si se diera el caso de que llamaran pidiendo referencias, le cubriría las espaldas. 

Podría ser un aspirante perfecto para cualquier puesto que le propusieran. Conocía varios idiomas, poseía un par de másteres y se graduó ‘cum laude’ en la Universidad de Harvard, un hecho este último que le otorgaba un aceptable prestigio a la hora de afrontar cualquier entrevista, que hasta ese momento habían sido escasas, aún así, era optimista y estaba seguro que no tardaría en emplearse.

Todavía, cuando se para a pensar y echa la mirada atrás, no encuentra una explicación de cómo se dejó captar por la CIA. Cursaba el último año cuando alguien se le acercó mientras repasaba unos apuntes sentado en un banco del campus, y dirigiéndose a él por su nombre de pila le tendió una tarjeta… 

– Llámanos si estás interesado. Nosotros lo estamos, y por favor, sé discreto –

Aquel individuo se fue tal como vino y nunca volvió a verlo. Seis meses después, una vez terminó el curso y habiéndose tomado un tiempo sabático, la curiosidad pudo con él y decidió hacer esa llamada, lo que propició el inicio de su etapa en La Agencia, casi cuatro años, antes de establecerse por su cuenta, viviendo una segunda etapa profesional menos arriesgada y mucho más lucrativa, aunque no fácil, ni la transición – dejar Langley – ni la serie de trabajos que tuvo que realizar.

Deseaba que su tercera experiencia en el mundo laboral encajara con los cánones que la ley imponía a la sociedad, y que mejor forma de hacerlo, en la medida de lo posible, que aplicando sus conocimientos en derecho.

Esperaba tener suerte…


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Madrid 43.0


MADRID DESTINAR¡ PROGRESIVAMENTE M¡S ESPACIO AL PEAT”N EN GRAN VÕA


El apartamento de María no era muy grande. Un dormitorio con un coqueto vestidor, una cama de matrimonio flanqueada por dos mesitas de noche de diferente diseño, y debajo de un gran ventanal, un antiguo secreter junto a una librería rebosante de ejemplares policíacos. La estancia presumía de luminosidad, una luz natural que venía de la Gran Vía Madrileña, a la que el sol no dudaba en castigar en aquella época del año y cuyas vistas eran perfectas desde allí. Era seguro que aquello podía alegrar los ojos de quienes como ella, se declaraban urbanitas incondicionales. Como no podía ser de otra forma, la vivienda disponía de un baño, pero en este caso bastante completo, es decir con ducha y bañera independiente, todo un lujo para los escasos 50 metros cuadrados de aquella. Su decoración distaba bastante de la vulgaridad, era original y te podía hacer olvidar que te encontrabas en un escusado.

La cocina formaba parte del salón, el lugar más amplio del apartamento, separada de este por una moderna y funcional isla en la que se insertaban tres fogones de gas, en los que María daba rienda suelta a su afición culinaria. Una afición que había heredado de su madre, la cual consiguió que su hija fuera también una estupenda repostera.

A Vinc le sorprendió cómo en tan reducido espacio María había sido capaz de colocar un frigorífico de dos puertas, de esos que salen en las pelis americanas y que tanto le gustaban, por no hablar de un lavavajillas y un horno, elemento imprescindible para su hobby, del que disfrutaba enormemente en sus ratos libres.

Solía tomar una copa de vino, a la vez que elaboraba exquisitas recetas, con las que obsequiaba a sus compañeros de trabajo cada dos por tres con generosos táper, lógicamente, ya que ella sola era incapaz de comerse todo lo que cocinaba, y su congelador, aunque era enorme, no daba para tanto.

Una considerable pantalla de televisión le hacía compañía permanentemente, cuando no escuchaba música del antiguo tocadiscos, regalo de un antiguo novio, que le permitía reproducir su rica colección de vinilos. Todo, aquí, también estaba presidido por una gran ventana que dejaba pasar los rayos del sol que le daban la vida, y que se hacían cómplices de una lectura esporádica de su biblioteca particular, en un bonito y cómodo sillón ‘made in Ikea’ que pasaba desapercibido en un acogedor rincón del habitáculo, en el que no podía faltar una gran alfombra persa, que culminaba la imagen de confort y la sensación de placer, cuando le apetecía quedarse en su ‘hogar’.

– Me encanta tu apartamento. Si tuviera una chimenea creo que tendría un orgasmo de inmediato – dijo Vincent con una rotunda y clara sinceridad.

María no pudo más que soltar una sonora carcajada al mismo tiempo que le tomaba el equipaje para dejarlo en el dormitorio. Cuando volvió se colocó enfrente de él, se puso de puntillas, le rodeó tiernamente el cuello con los brazos y le obsequió con un cariñoso beso – Considéralo tuyo, bueno, nuestro… –


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Madrid 42.0


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El AVE, dirección Madrid, discurría a la altura de Puertollano cuando María interrumpió la lectura que Vincent hacía de su novela, para contarle lo que había pensado. Estaba convencida de que sería una buena idea, siempre y cuando él estuviera en la misma onda. 

– ¿Te está resultando interesante? –

– ¿Qué? –

– Tu libro, tonto, qué si te está gustando.

– Ah! Si, perdona. Estaba un poco ensimismado. La verdad es que no es de los mejores que he leído, pero no está mal. Va de un policía retirado… –

– ¿Qué te parece que vivamos juntos?

– ¡Joder! ¿Cómo dices? Vinc se quedó petrificado, a medio camino entre lo que leía y la respuesta que le estaba dando a María. No se lo esperaba, y tuvo que recapacitar unos segundos antes de articular palabra. – Pues no sé, me coges un poco desprevenido, y si te soy sincero… ¿puedo serlo? –

– Por favor –

– …Si te soy sincero, no se me había pasado por la cabeza –

– Oh, vaya. Me temo que a lo mejor he metido la pata –

– No, en absoluto! En realidad, quería decir que lo nuestro va tan rápido, y estoy tan bien, que no me lo había planteado. No he tenido tiempo de pensarlo. Lo que no quita que se me hubiese ocurrido mañana mismo –

María sonrió ante la última frase de Vinc. – Si, vamos. No quieras arreglarlo ahora – Dijo con sarcasmo.

– De veras. Créeme. Puede ser lo mejor que me hayan propuesto en mi vida, y no tengo ninguna duda de que deberíamos hacerlo –

– ¿Me hablas en serio? No quisiera que te sientas presionado –

– No seas tonta ¿Crees qué tu idea podría hacerme sentir así, con todo lo que llevo vivido? Ojalá hubiesen sido como esta todas las presiones que he tenido que soportar a lo largo de mi vida… –

– Entonces que te parece si de momento te vienes a mi apartamento, lo compartimos un tiempo y vemos cómo nos va. Me vendría bien alguien que afloje la guita para los gastos – Bromeó María.

– Genial! En cuanto lleguemos me pongo las pilas, aunque tardaré poco. Mis pocas pertenencias van ahí – Señaló con un ademán de los ojos el portaequipajes en el que estaba su inseparable trolley negro de veintinueve litros de capacidad. Lo que no entraba en él, no iba a ningún sitio – Además, creo que será más interesante y divertido vivir contigo, que el pernoctar solo en un hotel. Estoy deseando de dejarlo –

Lo inesperado de la propuesta, el sí de la respuesta y las mutuas miradas que se lanzaron, cargadas de cariño y complicidad, hicieron que ambos, al unísono, llegando ya a la estación de Santa Justa, volvieran a sentir ‘mariposas en el estómago…’


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