Madrid 19.0


Calle Betis


La noche había caído fresca, una temperatura agradable que invitaba a pasear y disfrutar de la ciudad. Hasta el momento el famoso calor soporífero de Sevilla no estaba imponiéndose, como era lo normal en esa época del año, sin embargo, Vincent notaba el cambio respecto al que hacía en su residencia habitual. Aún así era una persona capaz de adaptarse rápidamente a cualquier tipo de clima, lo que por otra parte, no podía ser de otra forma, ya que su actividad profesional le obligaba a veces soportar duras condiciones meteorológicas.

Precisamente, de su trabajo quería hablarle a María de una vez por todas, aunque tenía dudas. No las tenía todas consigo y albergaba un serio temor por la reacción que ella pudiera experimentar ante su verdad, ante su otra vida, esa parte de él que ella desconocía por completo, lo que por otro lado, entraba dentro de lo normal.

La lógica le hacía pensar que lo que tenía que decirle, tendría una reacción negativa, aunque fuese escasa, pero el miedo a esa mínima posibilidad era, lo que hasta ahora le impedía sincerarse, y no quería esperar mucho más.

El intentar rehacer su vida, pasaba por esa sinceridad, ser franco con la persona que le gustaba, con la que se sentía bien, y de la que sin esperarlo, se estaba enamorando.

Aquel temor, luchaba fuertemente contra la verdad, y la idea de tener esta oculta por más tiempo perdía terreno. Una lucha titánica que se estaba dando en su mente, una mente que poca ayuda podría recibir de un corazón que partía por su cuenta hacia un camino de sentimientos y emociones nuevas. 

Vincent soñaba con un futuro tranquilo, repleto de buenas experiencias, pasar el tiempo como una persona normal, planeando momentos gratos, a ser posible junto a María, esperando y deseando que su pasado no lo jodiera…


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Madrid 18.0


Brooklyn III


Robert Fox entró en el despacho de su amigo, concejal por el partido republicano desde no hacía mucho, según se había ido informado por la prensa, aunque le constaba que el salto a la política lo había dado bastante antes.

Una gran mesa presidía ostentosamente la estancia, lo que  ponía tierra de por medio entre quien se sentaba al otro lado de aquel ‘servidor público’. Eso unido a lo bajo de los sillones que ofrecía a sus visitas, acusaba más la sensación de estar siempre un peldaño inferior a la hora de tratar cualquier tema. – Es una estrategia psicológicamente demostrada. – Le explicó en su día uno de sus asesores políticos.

– Cuanto tiempo amigo mío. – Dijo Eric a la vez que le tendía la mano.

– Cierto. Hace mucho que no nos veíamos. Intuyo que al igual que yo, los compromisos profesionales te ocupan gran parte de tu vida. No recuerdo el último día que tuve un rato libre. Trabajo incluso los fines de semana. Como siga así, voy a ser el mas rico del cementerio. – Bromeó Robert.

Eric correspondió al comentario con una leve sonrisa y lo invitó a que se sentara. – Bueno, y qué te trae por aquí. –

– Pues sin ánimo de ser grosero, si te parece voy a ir directamente al grano. Tampoco quiero robarte mucho tiempo, ya que entiendo que estés muy ocupado. –

– En absoluto Robert. Tómate el que necesites. – Contestó Eric tratando de ser cortés, a pesar de que en el fondo aquel tenía razón, el dios Cronos apretaba su agenda de manera incesante. Se levantó dirigiéndose a un lujoso mueble bar de caoba que tenía en un lateral del despacho, mientras escucha lo que su viejo amigo le decía. Sin consultarle, sirvió un par de Jack Daniels con hielo y se volvió a sentar poniéndole a Robert el vaso por delante. Este se tomó el gesto con naturalidad, y entre trago y trago, puso a Eric en antecedentes sobre lo que había descubierto gracias a los servicios del detective privado.

– Lo siento de veras Robert. Eso es siempre una mala noticia, por no decir una putada, y entiendo que nos has venido buscando un hombro sobre el que llorar, aunque si lo necesitas aquí lo tienes. Dime, ¿cómo te puedo ayudar?. – 


g-sayah


Madrid 17.0


Catedral I


A la hora del almuerzo, optaron por un italiano con el que tropezaron en un sombrío callejón perpendicular a la comercial calle Tetuán.

– A mí me apetece, ¿y a ti? – Tanteó Vincent a María.

– No mucho, pero con el hambre que tengo me comería hasta las piedras. – Exageró guiñándole un ojo. – Aunque accedería a tu propuesta con dos condiciones. – Dijo con una sonrisa picarona.

– ¿Dos? ¿No te conformas con una? –

– Pues no. La primera, que para la cena elijo yo el lugar. –

– ¿Y la segunda? –

– No seas impaciente. La segunda… que me acompañes a hacer unas compras esta tarde. –

– ¿Ir de ‘shopping’? Por supuesto. Me encanta. Me parece que vas a ser tú la que tengas que tener paciencia. Soy un vicioso de los escaparates. Me atrevería a decir que voy a aburrirte, y además tendrás que ayudarme a cargar con las bolsas de todo lo que compremos. – Dijo Vinc entre sonoras y contagiosas carcajadas, arrancando también las risas de ella.

De nuevo María se quedó algo perpleja. No esperaba , ni de lejos esa respuesta. Que a Vincent le fuera uno de sus entretenimientos favoritos, y a la vez una de la mejores formas que tenía para desestresarse cuando se sentía agobiada.

Sentados en la terraza del restaurante, uno frente al otro, brindaron con un tinto, Lambrusco, como no podía ser de otra forma. El lugar inigualable, el clima acompañaba y la mutua compañía, grata y placentera. 

– Por nosotros, nuestra pequeña sociedad, llamémosla así, y la magnífica escapada que te has inventado. Gracias, muchas gracias. Estoy muy contenta de haber venido, claro, que si no me hubieses invitado… –

– No seas tonta. Con quien iba a venir si no. Soy yo el que te da las gracias por acompañarme. Eres un encanto. –

María se sonrojó levemente, por lo que intentó aprovechar la carta para taparse la cara e impedir que Vinc se diera cuenta.

– De paso, elige que te apetece comer. – Bromeó.

– ¡Mierda! – Lo ha notado…


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Madrid 16.0


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Aquella mañana Robert Fox hizo un paréntesis en el trabajo para hacerle una visita a un viejo amigo. Una visita que podría calificar de urgente y obligada, dada la intranquilidad que le embargaba, y la falta de ideas que tenía ante su actual situación personal.

– Él sabrá qué hacer. – Se decía mientras subía los peldaños que jalonaban aquel edificio de oficinas municipales. – Y además, me debe un par de favores, por lo que no podrá negarse a prestarme ayuda. –

Eric Larsson lo esperaba en su despacho. De padres suecos, no tenía nada en común con ellos. Amantes de las buenas formas, educados a más no poder, comprometidos con el medio ambiente y adelantados a su tiempo, trabajadores y a la vez hábiles en disfrutar del tiempo libre, poseedores del aquel gen viajero que pocas personas tienen y que hasta poco antes de morir, lo exprimieron al máximo. Se fueron con una espina clavada, y es que no supieron o no pudieron que todos estos valores calaran en su único hijo, el cual, desde muy temprana edad, se desvió, sumergiéndose en turbios negocios que lo hicieron rico de la noche a la mañana, para finalmente recalar en política, terreno que le era más propicio aún para seguir enriqueciéndose, ilícitamente, por supuesto.

Su secretaria le anunció la visita. – Señor Larsson, el señor Fox acaba de llegar. –

– Gracias Mary, dile que pase. –


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Madrid 15.0


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Apenas si llevaban dos horas en la ciudad, y después del café con el siempre imprescindible acompañamiento de un cigarrillo, colmando así las necesidades de cafeína y nicotina respectivamente, se adentraron en pleno casco antiguo, dispuestos a encontrar un lugar donde pernoctar los próximos días.

Dicho y hecho, sin pensarlo dos veces, se decidieron por el primer hotel con el que se toparon, el Petit Marqués Santa Ana, sin esperar a ver una segunda opción, lo que a la larga reconocieron que fue una elección acertadísima.

Muy coqueto, con detalles muy cuidados, tranquilo y acogedor, todo presagiaba una estancia agradable.

Dejaron el pseudoequipaje que llevaban en la habitación y bajaron a recorrer la zona de los alrededores, dispuestos a disfrutar de sus calles, su gente, el buen clima… no sin antes darse una buena ducha y cambiarse de ropa, más cómoda y fresca.

Buscarían un lugar donde almorzar, aunque decidieron, a pesar de que tenían un hambre atroz, pasar por la catedral, ya que Vincent se moría de ganas por contemplarla, por lo menos los exteriores, otro día entrarían. Le fascinaba tan magna construcción, no en vano aquel templo gótico era el de mayor superficie del mundo, y su admiración desde el punto de vista arquitectónico se reflejó en su rostro nada más llegar a la Puerta de Palos, situada en la fachada este. 

María, sorprendida, observó la reacción de Vinc. – Era una caja de sorpresas este amigo mío. – Se dijo recordando también, la insistencia que en su día mostró por visitar ‘El Guernica’ en el Reina Sofía. Ella no desaprovechó la ocasión y tomo algunas fotografías, ya que de la vez anterior no guardaba ninguna…


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Madrid 14.0


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De pie, con la mirada fija y perdida a través del gran ventanal por el que se divisaba parte del downtown neoyorkino, Robert Fox se devanaba los sesos intentando poner en claro qué podría hacer ante lo que acababan de confirmarle.

Un detective privado, amigo de un amigo, eficaz y discreto según este, parco en palabras, abandonó su despacho dejándole un sobre con el material concerniente al encargo que le pidió que hiciera unos días antes. 

Algunas fotografías y un escueto informe. Las imágenes hablaban por sí solas y no dejaban lugar a dudas…


G. Sayah


 

Madrid 13.0


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Le sorprendió ver como su compañero de tan censurable profesión recogía a la chica del trabajo, y tras pasar por su casa, se dirigían a la estación de Atocha. 

– ¿A dónde coño iban? – Se preguntó. Tuvo que hilar fino para conseguir un billete con el mismo destino y así no perderlos de vista. Qué irían a hacer en Sevilla. No dejaba de ser desconcertante la actitud de aquel ‘profesional’. Aún así, sería paciente y no dejaría de observar sus movimientos, al fin y al cabo, para eso le pagaban.

A escasos veinte metros de la pareja, en uno de los andenes, antes de subirse al tren, informó telefónicamente a su cliente de los últimos pasos de Vincent.


G. Sayah


 

Madrid 12.0



Una regresión en sus pensamientos se mezclaba con una inquietud del presente, cierta inseguridad, dudas, el hecho de empezar a cuestionarse ciertas cosas en lo que a su trabajo respecta lo tenían ensimismado, con la mirada fija en la pantalla del ordenador, pero claro, sin estar viendo nada concreto.

Si dijera que no sentía dolor estaría mintiendo, aunque a veces pudiera parecer algo frío y distante. Podía presumir de soportar situaciones difíciles, se quejaba poco… aún así la inesperada pérdida de su compañero supuso para Nick un auténtico revés. 

El detective Brian nos esperaba apostado en su coche en la esquina del inmueble que vigilaban desde hacía varios días con la idea de ponernos en antecedentes sobre la situación, de manera breve pero concisa, por supuesto.

Un bonito bloque de apartamentos de un barrio noble de la Isla, contrastaba con el escándalo que en ese momento se oía a través de una de las ventanas abiertas del apartamento en cuestión. La supuesta joven pareja del sospechoso gritaba en medio de lo que podía ser una discusión doméstica. Subimos con premura a la tercera planta, nos identificamos antes de proceder a abrir la puerta, por si los moradores abrían voluntariamente. No fue el caso, de repente dos disparos atravesaron la delgada pared que daba al pasillo, alojándose una en la opuesta, la otra en el corazón de mi amigo…


G. Sayah


Madrid 11.0


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El intento de poner orden en sus pensamientos le hizo perder la noción del tiempo, y si no fuera porque su iPhone empezó a sonar, no hubiera salido de aquel trance.

Apuró la taza de café, frío ya después de casi dos horas, se levantó y atendió la llamada. Era María.

– Hola guapísima. Buenos días. –

– Hola Vinc. Gracias por el piropo, aunque si me vieras ahora mismo no me lo dirías. –

– No lo creo. Qué ocurre, te noto seria. ¿Te has levantado con el pie izquierdo o es que llevas un mal día en el trabajo? –

– Pues yo diría que ambas cosas. El teléfono no deja de sonar y además tengo una montaña de papeles en mi mesa que casi no se me ve, como si estuviera enterrada en vida. – Bromeó María intentando quitarle hierro al asunto. – Estoy deseando que den las tres y poder largarme. –

– Entiendo. Pues se me acaba de ocurrir algo que a lo mejor te anime un poco. ¿Qué te parece si te recojo de la oficina, te acompaño a casa, metes unas cuantas cosas en ‘una bolsa’ y nos vamos para Atocha? –

– ¿Atocha? – Respondió María un tanto descolocada – ¿Te refieres a la estación de trenes– 

– Exacto. Si no tienes planes para este fin de semana, podríamos coger el primer AVE con plazas disponibles y perdernos por Sevilla. –

– Vaya, que propuesta más inesperada. ¿Y cómo qué te ha dado por ahí? – Dijo ella intentado encajar el ofrecimiento.

– Pues no se. Es una ciudad que siempre he querido conocer y me apetece, aún más si vienes conmigo. Pero también te digo que mi invitación no pretende causar ninguna alteración a tus posibles compromisos. Si tienes cosas que hacer, no te viene bien o simplemente no te apetece lo dejamos para otra ocasión. –

– ¡Para nada! Claro que me apetece, me parece una idea genial, lo que pasa es que no me lo esperaba. La verdad es que me vendría de perlas alejarme un poco de la capital, y Sevilla es una buenísima opción. Aunque otra cosa si te digo, y es que no podré hacer de cicerone, ya que sólo he estado una vez y hace ya bastantes años. –

– ¿Hacer de qué? – Ahora era Vincent el que se había quedado descolocado. –

– De cicerone. – María soltó una carcajada y le explicó que aquel era un antiguo término que se empleaba para definir a un guía turístico.

– Interesante. – Respondió él. – No te preocupes, ya nos apañaremos. Te recojo a las tres. –

– Deseando estoy… –


G. Sayah


Madrid 10.0


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Cansado, había dormido poco y se había despertado con un intenso dolor de cabeza. Apenas puso los pies en el suelo lo primero que hizo fue darle marcha a la cafetera, un detalle este que no solían tener las habitaciones hoteleras en España, por lo que se sintió afortunado.

Mientras subía lo que para él era un brebaje imprescindible en su día a día, buscó en su mini botiquín, que siempre le acompañaba en todos sus traslados a lo largo del mundo, un ibuprofeno. Necesitaba que aquella molestia desapareciera rápido para poder pensar con claridad, aunque le hubiese gustado no tener que tomarlo.

Su olfato percibió el aroma, se sirvió una generosa taza y sentado en el único sillón que la impersonal estancia le brindaba, encendió un cigarrillo y empezó a pensar como darle una salida a la situación en la que se encontraba.

Tenía que ordenar varias piezas, piezas que si no eran bien colocadas, no encajarían, y las consecuencias podrían ser bastante negativas.

Una cosa le preocupaba sobremanera: María. Deseaba contarle toda la verdad, sincerarse con ella, pero por otro lado, temía que al hacerlo pudiera poner su vida en peligro, aunque la verdad es que estaba convencido de que eran pocas las probabilidades. Más le inquietaba la reacción que pudiera tener, ya que el no encajar tan inusual modo de vida, no entenderlo, podría dar al traste con su incipiente aunque dulce relación…


G. Sayah