Poeta en Nueva York 32.0


Relato 134.0


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Busco pero no encuentro,

mas lo intento

pero no acierto,

por lo que lloro y lloro…

No acierto a encontrar un camino, una senda marcada que guíe mis pasos, porque perdido ando.

Anoche tuve un sueño, un sueño que me mostraba un lugar diferente, un lugar en el que la soledad se presentaba utópica, y la melancolía inalcanzable. Una Arcadia sugerente, acogedora con los foráneos que no añoran un pretérito imperfecto, lejos de gente vulgar y sin principios, donde se podría vivir con optimismo, sin esa ansiedad que me oprime aquí, en esta infame y podrida ciudad.

Anoche tuve ese sueño, lástima que solo fuera eso,  un sueño…


G. Sayah


 

Poeta en Nueva York 31.0


Relato 133.0


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No puedo recordar por más que lo intente el día exacto en que decidiste alejarte de mí. Supongo que no fue una decisión repentina, que lo pensaste detenidamente, pero lo que si sé es que mi vida es otra desde que no te veo.

Esta melancólica epístola

delatora de recuerdos imborrables,

esta sincera carta

protectora de un pesar visible,

esta misiva llora

un amor ausente.

Mi corazón afligido,

no descarta la muerte.

Porque sin ti muero. Minuto a minuto, el tiempo presente me anuncia de manera constante de que no estás, y yo quiero tenerte. Maldita la hora y maldito el momento en que dejé de hacerlo. Mi vida sin ti carece de sentido, el reloj lento transcurre, mientras araña mi alma con sus afiladas y crueles manecillas. Tic, tac, tic, tac… Busco consuelo sin hallarlo, porque lo que en realidad quiero es que vuelvas…


G. Sayah


 

Poema 12.0


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Disperso,

me siento disperso.

Mi mente, mi cuerpo,

mi alma, todo yo

quizás perdido.

Al perder tu amor

voy sin rumbo fijo.

Quizás perdido.

Lo nuestro se disipó,

y con profunda aflicción

ahora, disperso y perdido

lloro tu desamor…


G. Sayah


 

Microrrelato 56.0


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Nos comimos a unos cuantos vecinos para no defraudar. A la vez que se lo confesaba a su párroco, pensaba… No defraudar, ¿a quién?

Muchas eran las dudas, aunque pocos los remordimientos, pero allí estaba, de rodillas, intentando explicarle a la persona que estaba dentro del confesionario el por qué de sus actos. Este asentía con monosílabos, sin embargo, ella tenía la certeza de que no la entendía, un cero en empatía, seguro que no tenía ni puta idea de cómo se sentía. En fin, acataría la penitencia impuesta y posiblemente lo volvería a hacer…


G. Sayah