Relato 105.0


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Apenas tres meses en el cuerpo, su primera intervención de envergadura, y en punta de lanza. – ¡No te preocupes! ¡No me voy a despegar de ti! – Le gritaba su compañero antes de ponerse la máscarilla para adentrarse en terreno hostil. 

Tumbados, arrastrándose por el pasillo del apartamento avanzavan con decisión. El plano neutro había bajado casi a ras de suelo, por lo que la visibillidad era ya prácticamente nula.

El corazón le latía con fuerza, rápido, bombeando sangre urgentemente por todo su organismo, el momento lo demandaba. La adrenalina por las nubes, sus músculos tensos y la respiración agitada, todo, en su conjunto, hacía que la complicada situación se llevara lo mejor posible.

Todo crujía, sonidos sibilinos alrededor, la temperatura bastante elevada y a cada centímetro que avanzaban se iban encontrando obstáculos inesperados, objetos inservibles en aquel contexto. Pero tenían que llegar.

La información entró clara y concisa: ‘Incendio en vivienda. Quinta planta. Dos personas atrapadas por el fuego, dos niños…’ 

Los padres por suerte o por desgracia, según se mire, habían conseguido salir, aunque algo afectados por inhalación de humo, y desconsolados por no poder ayudar a sus pequeños, bloqueados en el dormitorio donde en aquel fatídico momento se suponía que dormían plácidamente.

Ya, en la cama del hospital, Marco abrió los ojos y lo primero que vio fue una cara desconocida. Era el bombero que le había salvado la vida. Al lado sus padres, con lágrimas en los ojos, tras comprobar que su hijo se recuperaría.

– Me alegra que estés bien. Los médicos dicen que eres un chico fuerte y que pronto estarás pegándole patadas al balón de nuevo, porque me han dicho que juegas al fútbol…-

– ¿Y mi hermana…? –


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Relato 3.0


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Mirar un bosque nevado a través de una gran ventana, lejos del mundanal ruido y de gente despreciable, y si no era mucho pedir con una buena novela entre las manos. Ese era el sueño de Roberto. Un sueño que tendría que esperar a cumplir en otro momento de su vida, ya que su presente lo ocupaba un caso de asesinato. Como abogado penalista afrontaba un gran reto, antagónico a su sueño, eso sí, sueño y reto se había propuesto llevarlos a cabo, de una forma u otra, tarde o temprano… 


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Relato 2.0


Starbucks


Michael lo presentía, pero ni de lejos se imaginaba el día, que de manera inevitable y fatídica se le venía encima.

Hacía frío, un frío duro y chirriante. El sol lo intentaba, pero le era imposible, y si hubiese podido, habría desistido en el intento de calentar unas calles por las que corría un aire gélido, demasiado para sus rayos tenues y fugaces.

Hoy especialmente necesitaba ese café que tanto disfrutaba todas las mañanas a las seis en punto, y no tanto por su sabor  o por la cafeína, sino por tomar algo caliente que le confortara y a la vez impidiese que fuera medio encorvado y embutido en el anorak.

– Lo tomaré en el coche de camino a la oficina mientras escucho las noticias por la radio – pensó. Enfiló la avenida Pennsylvania en su Chevrolet negro una vez abandonó la cafetería donde Isaac, su barista favorito le sirvió el brebaje lo más caliente que pudo.

El primer sorbo fue reconfortante. Mientras ponía la calefacción, el segundo no pudo engullirlo. No  daba crédito a lo que oía en las noticias matinales, y tampoco hizo falta que el locutor las repitiera, ya que llegando a la altura del 935 casi desfallece. 

– ¿Dónde está el edificio? ¿Qué ha ocurrido? –

Su lugar de trabajo se había convertido en un amasijo de hierro y hormigón amontonados y con un desorden dantesco.

Su instinto le hizo consultar su iPhone – ¡Mierda! Está sin batería. Anoche se me pasó ponerlo en cargar… –


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Relato 201.0


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Después de casi cuatro meses la investigación entró en un callejón sin salida. Apenas si vio a Bryan en un par de ocasiones y como detective, había perdido la esperanza de encontrar al asesino de Javier.

Tomaba café en una tranquila y acogedora cafetería de Tribeca cuando su iPhone comenzó a vibrar. Su viejo amigo y compañero de la policía le dijo que estaban a punto de cerrar el caso, pero los acontecimientos se habían precipitado en las últimas horas.

El asesino, a pesar de que cometió el error de la sangre que les permitió localizar en su día el escenario principal del crimen y rastrear sus últimos pasos, había desaparecido, se había esfumado. Era como si no existiera, de ahí lo de archivar la historia, pero esa mañana apareció un cadáver en el Bronx que presentaba el mismo modus operandi…


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#miprimerrelato# #13deoctubrede2018# #Relato 1.0#reload#



Aquella mañana no era diferente a las demás. Se había despertado temprano, el sueño la abandonaba como casi siempre. Se sentía cansada pero con ganas de afrontar la rutina diaria.

– Qué coño, hoy voy a romper la rutina – Introdujo en la cafetera una buena dosis de café en vez de descafeinado. Para Esther no era habitual, y de esa forma tan trivial pretendía empezar a cambiar cosas en su vida. Esta no le sonreía últimamente. Tanto en lo personal como en lo profesional no había tenido muy buenas experiencias.

Separada de su marido desde hacía ya varios meses, le echaba de menos. Era el hombre de su vida, al menos eso creía ella. Desde que lo conoció en lo que era el curso de orientación universitaria, no había tenido ojos para nadie más. Él, por lo visto sí. Había conocido a otra, más joven y también más rica. Buen partido y buena opción para dejarla en la estacada.

Todavía no lo había asumido y albergaba la esperanza de un futuro juntos. Ella lo perdonaría, por supuesto, ya que el amor que sentía estaba por encima de cualquier elección que Carlos hiciera en su día. No le cabía la menor duda, aunque posiblemente él no sentía ni pensaría lo mismo.

Se tomó una taza del café que previamente había subido por la cafetera emitiendo ese sonido que tanto le agradaba, no menos que el aroma, que casi la alimentaba para medio día.

Una vez se vistió, salió a la calle en busca de su automóvil, uno de los pocos objetos que le había tocado en el reparto al separarse. Desgraciadamente no se podía permitir el lujo de cambiarlo, viejo y desvencijado, también le recordaba a él.

De camino al trabajo y escuchando la radio pensó – ¡ Joder que raro, me he vestido a la primera! – Normalmente se cambiaba varias veces antes de salir, una lucha permanente con su vestidor, ¿inseguridad?, hoy no, algo estaba cambiando…


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Relato 179.0


El statu quo del conflicto bélico era previsible. Tanto la igualdad en número de efectivos, como la inseguridad de las respectivas planas de mando, hacían que la tropa junto con sus oficiales y suboficiales se tomaran un respiro en aquella cruenta guerra. Como no podía ser de otra forma, cuál no lo es.


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Hacía un frío casi incompatible con la vida, del que se mete en los huesos calando hasta el tuétano. Pablo y Marco intentaban evadirse de la gélida realidad jugando a los dados en un rincón de su diminuta y enfangada trinchera.

Binomio inseparable desde hacía más de catorce años, aquella lucha armada no era ni más ni menos, que cualquier otra en la que habían estado a lo largo de su periplo militar.

Su amistad les llevaba a los mismos destinos, de manera voluntaria, por supuesto, con una complicidad obligada y una lealtad sobrenatural que utilizaban para cubrirse las espaldas mutuamente en cualquier ambiente, por muy hostil que fuera.

– ¿Un trabajo como otro cualquiera? – Es posible. Mercenarios del terror, así les llamaban. Cobraban por semana, lo pactado, cantidad generosa como para pagar la hipoteca, las facturas y mantener a sus familias. Lo que sobraba, para putas y alcohol.

Los trileros pensaban que su trabajo no era menos honrado que el llevado a cabo por los políticos contemporáneos, corruptos e ineficaces, aquellos que ni siquiera manejaban los hilos del poder, que jugaban a ser Dios e igual y a la vez disfrutaban con las sobras, más suculentas, para putas y alcohol. El verdadero Dios, miembro de un poder fáctico, estaba más arriba, cual titiritero manejándolos a su antojo.

Un disparo quebró el silencio, alcanzando a Marco en la cabeza. Un único disparo, a manos de un francotirador paciente que con ojos de águila atisbó que aquel no llevaba el casco puesto.

– No te quites el casco. – Le había dicho Pablo cinco minutos antes. Una señal inequívoca de la preocupación mutua que ambos profesaban. 

– Será sólo un momento, necesito que me de un poco el aire en la mollera. –

En estado de shock, impotente y abatido, y con el rostro salpicado de sangre y materia gris, a Pablo le empezaron a brotar unas lagrimas amargas y secas, a la vez que por su mente a modo de fotogramas, iban pasando todas y cada una de las vivencias que juntos habían tenido.

Las trincheras de la muerte, así denominaba la prensa internacional a aquel lugar cargado de mierda y desolación, aunque más que un medio donde refugiarse durante el combate, parecía más una fosa común, repleta de individuos anónimos de medio mundo, fallecidos en pos de una guerra sin sentido, que acababan olvidados de la memoria de los vivos.

Algunos de esos ‘vivos’ se frotarían las manos al ver como sus cuentas bancarias, situadas en paraísos fiscales, aumentan exponencialmente por cada bala disparada, por cada obus lanzado, por cada soldado caído. Dueños de empresas pantalla, miembros de lobbies armamentísticos, señores de la guerra, que de manera impune campan a sus anchas ante una legislación internacional redactada para ellos, pudiendo elevar sus beneficios económicos por encima del valor de la vida de un ser humano gracias a su criterio.

Vivos, también, que mientras almuerzan delante de las noticias que pasan por televisión, engullen ajenos a algo que está pasando, pero que les queda muy lejos y por suerte no les afecta. Vivos, ignorantes ante un mundo globalizado, borregos de una sociedad mediatizada que es arrastrada hacia una inevitable autodestrucción. Vivos que creen sentirse seguros en medio de un tablero de juego, donde la estrategia de los poderosos pasa por dominar mentes vacías y zafias.

Vivos que han perdido la memoria, la memoria de un pasado, la conciencia de un presente, un futuro encaminado hacia la autoaniquilación. Vivos que sostienen sobre sus hombros cabezas cuyo pabellón mental sólo retiene vanos y triviales pensamientos que convierten en problemas de fácil solución.

Hay que vivir el presente en ‘paz’, el pasado ya no está, pero no se puede construir un futuro si perdemos la memoria y no tomamos verdadera conciencia de dicho presente y de hacia donde queremos dirigirnos…


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Relato 140.0


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Caracortada siempre estaba en su lugar preferido, la esquina próxima a la tienda de conveniencia en la que yo solía pedir un café para llevar todas las mañanas de camino al trabajo. Me caía bien, y con el paso del tiempo hasta le había cogido cariño.

A diario intentaba pagar en metálico, y así repartir lo que me sobraba entre la dependienta y aquel, lo que ambos agradecían, sobre todo él, que no tardaba ni un segundo después de darme la vuelta en entrar a por un café bien caliente, para combatir las frías secuelas sufridas por haber dormido a la intemperie.

En ocasiones, cuando no llevaba efectivo y me veía obligado a pagar electrónicamente, le dejaba pagado el café y un bollo, y es que como ya he dicho antes, me caía bien…


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Relato 147.0


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Aquella senda era una de las más angostas que jamás habían transitado. Andrea y Marco, Marco y Andrea, descubrieron nada más conocerse que compartían la afición al senderismo, y ocho años después habían recorrido juntos casi medio mundo.

El estrecho camino jalonaba un espeso bosque en un perdido monte de una lejana cordillera de un desconocido país al que llegaron después de más de treinta y cinco horas de viajes y traslados en múltiples medios de transporte.

Hicieron una breve parada para reponer fuerzas, recuperar un poco la agotada musculatura e hidratarse, ya que el calor era sofocante a pesar de que en ningún momento la espesa vegetación dejaba que el sol llegara a sus cabezas.

Iniciado de nuevo el camino, este les obligó a ir separados, uno detrás de otro, incluso había momentos en que se perdían de vista por culpa de lo denso del follaje que acorralaba la ceñida vereda, por lo que decidieron no parar de hablar el uno con el otro, de esa forma se asegurarían de que ambos iban en perfecto estado, eso sí, con menos aliento para la práctica del trekking.

– ¡Andrea cómo vas! –

– Muy bien amor mío, ¿y tú? –

– Bastante bien. ¿Te acuerdas del año pasado en Venezuela cuando estuvimos en un lugar muy similar a este? Fueron unos días increíbles ¿verdad? –

– Marco no recibió respuesta de su mujer, por lo que la llamó en voz alta, con el mismo resultado, lo que le pareció muy extraño. Preocupado dio media vuelta, raudo volvió sobre sus pasos y sin saber exactamente cuanto había retrocedido, calculó que al menos quinientos metros, se paró con la respiración harto agitada, el corazón golpeándole fuertemente el pecho y la mente muy confundida. La piel se le erizó y empezaba a notar una sensación de ansiedad que aumentaba a cada grito que daba pronunciando el nombre del amor de su vida.

– ¡Andrea! ¡Andrea! –

Como por arte de magia, una magia oscura y siniestra, Andrea había desaparecido…


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Relato 145.0


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Tuvo una sensación al llegar, como si la ciudad estuviera esperándola. Más luces que sombras deseaba encontrar en aquella desconocida urbe, un poco gris pero acogedora y algo caótica pero magnánima con los que aparecen por sus calles y habitan sus edificios buscando una oportunidad. Ora bulle rauda, ora se apacigua y te calma.

Convencida de que no se arrepentiría de haber dejado atrás su rancio pueblo en el que hacer realidad sus sueños era algo imposible, sentía mariposas en el estómago pensando qué le tendría deparado el destino…


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Poeta en Nueva York 43.0


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Relato 148.0


El día que Moses murió recordaba que hacía muchísimo calor. El sol pegaba fuerte, caía a plomo sobre los acristalados edificios y su reflejo lo recogía el asfalto para transformar las calles de Manhattan en un auténtico horno.

El tráfico era intenso, lo que venía a ser normal en la metrópolis, aunque no excesivamente caótico, pero un ruido ensordecedor estaba colapsando mi mente y amenazaba con bloquear mis pensamientos, dejando solo lugar a que mis sentimientos fueran ganando terreno en lo más profundo de mi alma.

Todavía no afloraban muchos recuerdos, era demasiado pronto, pero si lágrimas, lágrimas y un enorme vacío junto con las primeras sensaciones de soledad…


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