Fragmento 1.0


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Leer nos enriquece la vida. Con el libro volamos a otras épocas y otros paisajes; aprendemos el mundo, vivimos la pasión o la melancolía. La palabra fomenta nuestra imaginación: leyendo inventamos lo que no vemos, nos hacemos creadores.

Ahora nos gritan que vale más la imagen y con la televisión, la primera escuela, se inculcan a los niños, antes que hablen, los dos desafueros del sistema: la violencia y el consumo. Con esas cadenas el poder político y el económico nos educan para ciudadanos pasivos, sin imaginación porque siempre es peligrosa para los poderes establecidos. Y ante esas imágenes carecemos de voz: no tenemos medios para televisar contrariamente mensajes de tolerancia y de sensatez. 

Hace cinco siglo la imprenta nos libró de la ignorancia llevando a todos el saber y las ideas. El alfabeto fomentó el pensamiento libre y la imaginación: por eso ahora nos quieren analfabetos. Frente a las imágenes impuestas necesitamos más que nunca el ejercicio de la palabra, siempre a nuestro alcance. El libro, que enseña y conmueve, es además ahora el mensajero de nuestra voz y la defensa para pensar con libertad.


José Luis Sampedro

El valor de la palabra


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Fragmento 3.0


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Extracto de la novela de Simon Scarrow, ‘Roma Vincit!’, en el que encontramos una conversación bastante didáctica, y cuya semántica bien podría aplicarse sutilmente a los tiempos que corren…


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Fragmento 8.0 – reload –


‘Dança general de la muerte’


Siglo XV


Anónimo


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G. Sayah


Fragmento 2.0


Eventos - 2003


           ‘Creo que hay tres modos de ver el mundo artística o estéticamente: de rodillas, posición más antigua en literatura, cuando se da a los personajes una condición superior a la condición humana. Segunda manera, en pie, mirando a los protagonistas novelescos como de nuestra propia naturaleza, el personaje sería un desdoblamiento de nuestro propio yo, con nuestras virtudes y nuestros mismos defectos, esto es Shakespeare, todo Shakespeare… Y hay una tercera manera, mirar el mundo desde un plano superior y considerar a los personajes de la trama como seres inferiores al autor, con un punto de ironía, los dioses se convierten en personajes de sainete. Quevedo tiene esa manera, Cervantes también… Esto es lo que me lleva a los esperpentos.’

            Ramón del Valle-Inclán elige esta última definiendo a sus personajes como enanos y patizambos que juegan una tragedia.


G. Sayah