Relato 92.0


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Eric Larsson miraba incrédulo el dosier que Fox le había dejado el día antes. Lo estudió con detenimiento en poco tiempo, ya que era bastante escueto, lo que no quitaba que fuera muy conciso y revelador.

Sólo con algunas fotos aportadas por el autor del trabajo, se deducía de manera flagrante la infidelidad de la mujer de su viejo amigo. Datos de ella, de su amante. La primera lectura que hacía era que lo que pretendían era simplemente pasar un buen rato. -¿Y quién no? – Se dijo.

Al corrupto concejal no le cuadraba que las intenciones de Fox fueran que ‘desaparecieran del mapa’, palabras textuales que salieron de su boca, con un arranque de rabia e impotencia la mañana antes. No entendía cómo una, a simple vista, vulgar infidelidad, algo habitual hoy en día, provocara una reacción tan violenta y desmesurada para con la pareja en cuestión.

Larsson lo pensó fríamente. Presumía de ser un tipo pragmático, y lo que Fox le propuso como solución, desoyendo las primeras propuestas que le había sugerido él, distaba mucho de ser una alternativa lógica y práctica, más bien era harto complicada y extrema.

Había algo más, no sabría decir en ese momento qué podría ser, pero estaba completamente seguro que aquel marido despechado no estaba siendo del todo sincero. Nadie asesinaría a su mujer y a su amante sin un motivo poderoso, al menos eso era lo que él pensaba. – Demasiado arriesgado por un simple ataque de cuernos. –

Quedó en llamarlo en un par de días con un plan, hasta entonces intentaría averiguar que carajo era lo que en realidad había detrás de todo el asunto, ya que no estaba dispuesto a complicarse la vida sin que estuvieran todas las cartas sobre la mesa. Aquella historia apestaba…


G. Sayah


 

Poeta en Nueva York 23.0


Relato 125.0


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Sus luces y sombras, el despertar dormido de los días, su amor truncado, atardeceres solitarios y auroras vacías, habían debilitado su ánimo, y la penumbra le comía terreno al resplandor que tiempo atrás envolvía su vida en la gran ciudad.

Sentado en mi carcomido banco

veo la vida pasar.

Inexorable, ella camina

hacia un crepúsculo,

universal senda,

travesía común que

todo viaje comparte…

Si, todos los caminos conducen a ella, la muerte inevitable del ser humano, y conforme va cumpliendo años y más cercana la siente, menos la teme, lo que no quita que una profunda aflicción ocupe parte de su espíritu…


G. Sayah


 

Madrid 5.0


Después de muchísimo tiempo, no lo recordaba exactamente, esa mañana se despertó bastante tarde. No era lo habitual, y si, un insomnio permanente. 

Pasadas las diez abandonó la cama para adentrarse en el baño dispuesto a hacerse una buena puesta a punto, como solía decirse a si mismo, cual turismo que pasa la inspección técnica anual.

Jeans azules, camiseta negra y zapatillas de un blanco galáctico que casi molestaba a la vista, metió el resto de sus pocas pertenencias en el reducido y práctico equipaje que lo acompañaba por todo el mundo, dispuesto a dejar el hotel.

Había aceptado la oferta de María, y pasaría unos días en su apartamento. Su negativa inicial basada en su indefinida estancia en la ciudad, junto con el no querer invadir su intimidad, se tornó positiva por la insistencia de la chica, a pesar de que Vincent le había repetido insistentemente que no pretendía causarle ninguna molestia y ser un incordio. María algo enfadada con la primera respuesta, se mostró encantada de que al final cambiara de opinión, al igual que él, aunque este no lo exteriorizó como ella.


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Una vez entregada la tarjeta magnética de la habitación y haber liquidado la cuenta, se colocó sus Ray-Ban en el mismo vestíbulo, antes de salir a la calle, con la intención de que el radiante sol de mediodía no acribillara sus delicadas pupilas. Extrajo su iPhone del bolsillo trasero izquierdo de sus vaqueros y marcó el número de María, que al tercer tono contestó con su dulce voz…

– Buenos días ‘bella durmiente’. –

– Hola, buenos días. – Contestó él riendo con sinceridad. – Te invito a un pincho de tortilla con una caña fresquita. –


G. Sayah


 

Reflexión 4.0


Copenhagen


‘Un lugar como otro cualquiera…’

Generalmente vivimos adaptándonos a un entorno: un trabajo, el barrio en el que residimos, la familia, grupos de amigos si eres afortunado, una rutina que nos hace compañía, y en la que más o menos nos encontramos cómodo.

Entonces, de vez en cuando nos asalta una sensación de agobio, puede que aparezca ese mal que llamamos ‘estrés’, por lo que necesitamos un cambio, posiblemente unas vacaciones, una escapada de fin de semana, o por qué no, que nos toque la lotería…

Si ampliamos nuestra perspectiva y somos capaces de salir de ese círculo vicioso en el que el día a día nos tiene atrapado sin que nos demos cuenta, seguro que somos capaces de ver que nos pueden venir bien algunos cambios, incluso, podemos apreciar que en muchísimas ocasiones estamos viviendo una vida que no es la que un día soñamos con tener, como si dicha vida no fuera la nuestra.

Ante todo esto, podríamos plantearnos crear parte de ese todo que nos rodea, el mencionado entorno en el que nos movemos, que sea el espacio por el que transitamos el que se vea obligado a moldearse, obligado por nuestros movimientos, por nuestros gestos.

Nadie dice que sea fácil, pero es un riesgo que si nos atrevemos a correr, puede reportarnos calidad, puede hacer que la realidad se distorsione en pos de una felicidad individual, que por ende, revertirá en todas aquellas personas que nos rodean, sucediendo inevitablemente lo mismo de manera recíproca.

Leer un libro, descubrir nuevas recetas, nutrirse de personas que apuesten por ‘vivir’, oír, recuperar olores que alguna vez nos cautivaron, amar, abrir los ojos ante un nuevo día…

Ampliar nuestra ‘zona de confort’, que sin darnos cuenta poco a poco se reduce, nos atenaza, se muestra inalterable… Experimentar, arriesgar…


G. Sayah

Poeta en Nueva York 22.0


Relato 124.0


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A veces es inútil el esfuerzo. Por mucho que me empeñe no lo consigo, y lo peor de todo, creo que nunca lo conseguiré.

Esta sensación de asfixia está inevitablemente conectada con mi forma de ser. No puedo respirar este rancio y viciado aire, y el poco que consigo inspirar se me antoja insuficiente y a la vez dañino.

Ignoro a partir de que día decidí que no encajaba en este lugar, un lugar que se ha convertido en una especie de ente que poco a poco me oprime, invade mi alma de manera perniciosa, y desde lo más profundo, aflora desde mi interior un sentimiento de cansancio que progresa rápidamente de manera ominosa.

Abro los ojos pero no veo.

Acaricio tu cuerpo,

no lo siento.

¡Qué ocurre!

Asustado, 

miro a mi alrededor

pensando, pero no infiero.

El diablo es testigo de que lo intento…

Posiblemente, querer encontrar una Arcadia donde evolucionar, experimentar, descubrir, arriesgar… sea una utopía, pero prometo no rendirme.


G. Sayah


 

Microrrelatoser 51.0


Eventos - 2108


Comienzan a acumularse en la superficie del planeta ideas malavenidas para con la solidaridad… Un náufrago, cuerpo inerte en la orilla de una playa cualquiera, clama en silencio por una vida mejor, que aquella acumulación de xenofobia ‘primermundista’, por cierto, lucha por impedírsela.

Turba hipócrita que, dándose golpes en el pecho y con cinismo argumenta la igualdad de cara a la galería, pero por detrás, con nocturnidad y alevosía, levanta muros en todas las fronteras.

Por cierto, qué es una frontera, quién las inventó, para qué sirven…


G. Sayah


 

Relato 100.0


Prisión


¿Justicia…?


De soslayo observaba a aquella pareja. Parecían estar bastante enamorados. Miradas, sonrisas, caricias, complicidad. Saltaba a la vista, y le hacía recordar un tiempo pasado en el que ella también lo estuvo, un pretérito sentimental perfecto, con el que fue su marido y padre de su hija, un ser humano encantador que supo cautivarla desde el primer encuentro, que la quiso, al menos eso creía ella y que supuestamente la cuidó. Ahora, un presente con dudas inundaba su mente, aunque posiblemente llegaría a la conclusión de que fuera casi una certidumbre.

Un amor marchito, un espejismo propio del desierto en el que un oasis ante nuestros ojos de repente desaparece, mostrándonos la cruda realidad.

Hoy desde prisión, se pregunta en qué preciso instante aquel hombre que deseó de manera incondicional e infinita se convirtió en una máquina de maltratar, por qué y cómo. No encontraba respuestas, pero lo que si tenía claro es que era la vida de él o la suya…


G. Sayah


 

Madrid 4.0


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Sentados en la terraza de un bar en los alrededores de la plaza de Oriente, disfrutaban de una agradable brisa y unos vinos.

Desde que salieron del Reina Sofía y después de la reflexión expresada por Vincent en voz alta con respecto a su trabajo, apenas si habían cruzado un par de frases.

– No sé a lo que te dedicas, tampoco me importa, aunque siento cierta curiosidad, sobretodo al pensar lo que harás a partir de ahora. Sea lo que sea, cuenta conmigo… –


G. Sayah


 

Poeta en Nueva York 21.0


Relato 123.0


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Ignacio, ahora Nacho, había cambiado, era otra persona, diferente, que supo hace tiempo tomar una decisión.

Asfixiado e incomprendido, estaba sumido en un estado de melancolía permanente. Su pueblo natal no supo aceptarlo en ningún momento tal como era, tal y como se merecía, ni más ni menos. Era diferente, no encajaba.

En Nueva York halló lo que buscaba. Libertad de movimiento, lejos de miradas inquisidoras, encontró aire, un aire que le permitía respirar para combatir aquella asfixia metafísica que provocan los lugares encapsulados en el tiempo, donde las modas y el progreso llegan con un retraso de medio siglo, la gente se entretiene con la vida de los demás y un pensamiento distinto altera la paz atávica y zafia de la comunidad.

También encontró el amor, un amor que en aquel pueblo era cuanto menos reprobable, rozando lo prohibitivo. Sus padres nunca lo entendieron, lo que no evitó que el hecho de que no le gustaran las chicas, no supusiera que la familia cayera en desgracia social. Una desgracia que bien podía habérsela apropiado él por completo, pero el ser humano es cruel, y se ensaña con cualquiera y por cualquier motivo, y esta vez le tocó a su gente, lo que agravó su malestar y tristeza.

Todo, precipitó su huída, suponiendo que de esa forma solucionaría algunos de aquellos problemas, y que la situación se relajaría notablemente, pero hasta ahora, la comunicación epistolar con sus ascendientes no era muy halagüeña. 

Pues sí, encontró el amor, y eso le hacía feliz. ¿No era eso lo que todo el mundo buscaba? ¿Felicidad? La balanza se decantaba, y la decisión en su día de abandonar su arcaica villa fue difícil pero acertada…

Otros derroteros.

Ciudad granítica y adusta, 

me viste llegar,

me ofreces soñar.

Sueños anhelados

en lugares imposibles…


G. Sayah