Poeta en Nueva York 30.0


Relato 132.0


Manhattan III


Robert dobló la esquina sin mirar atrás, aunque tenía la certeza de que alguien lo estaba siguiendo. Pero por qué. A lo mejor era una paranoia suya. Por si acaso tomó precauciones y entró en el primer Deli que vio con la intención de salir por la puerta trasera. Dio a un estrecho y sucio callejón apenas iluminado, en el que las ratas se estaban dando un banquete con las sobras de comida que rebosaban de los cubos de basura. Aceleró el paso y desembocó en la Séptima. Se cercioró de que el semáforo estaba en verde para los peatones con la idea de cruzar para tomar el metro en la acera de enfrente y cuando la sensación de sentirse perseguido se le estaba pasando, de repente, un vehículo salió de la nada a gran velocidad y lo arrolló intencionadamente…


G. Sayah


 

Poeta en Nueva York 29.0


Relato 131.0


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Comenzó a nevar, la leñosa ventana de su acogedor apartamento neoyorquino se lo dijo.

Su apreciado refugio, un valioso rincón en aquella fascinante isla, magna y superpoblada donde dejaba volar su imaginación, haciendo de los lunes una fiesta, inventado planes inimaginables, soñando con ser feliz, con una desbordante ilusión por empezar a vivir ‘su vida’. Además, aquel generoso habitáculo le ofrecía disfrutar de una paz interior hasta ahora inexistente. 

Leía y escribía, 

dormía y soñaba, 

pensaba y creaba,

sonreír podía…

… vivía.

Todo el tiempo anterior fue como si hubiese estado viviendo una vida que no era la suya, todo un tópico, pero no por eso menos cierto. Una vida condicionada por todo, lo material y lo metafísico, lo de aquí y lo de allá, pocas luces y muchas sombras, la sociedad que hedía, los otoños tristes, los amaneceres cansados, el aislamiento sufrido, una infancia perdida, una adolescencia sufrida, la incomprensión total en la madurez por parte de una sociedad intolerante…

Tenía la seguridad de que todo estaba cambiando, y eso le hacía ser optimista para con su futuro…

Un rayo de sol asoma,

vestigio de una esperanza,

que si antes perdida estaba,

ahora se muestra ladrona…


G. Sayah


 

 

Poeta en Nueva York 28.0


Relato 130.0


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Cristales rotos, oscuridad, restos putrefactos de comida esparcidos por el suelo, hedor, sombras, cubos de basura, más sombras, grises ratas dándose un festín, poca luz, llueve, más oscuridad… rincón apartado de miradas.

Con los ojos abiertos y la mirada perdida, su cuerpo maltratado yacía sin vida apoyado sobre un contenedor, intentando retener desesperadamente su anónima alma. Un esfuerzo inútil. Ésta abandonaría en breve aquel oscuro lugar de la ciudad, a la que había llegado buscando algo nuevo, anhelando un futuro prometedor, experiencias diferentes, trabajo, amigos… éxito.

Pero el destino es caprichoso, y mientras en la otra punta del país unos padres echaban de menos a su hijita contemplando una foto de los tres, ella, la soñadora siempre optimista, valiente y decidida, se cruzó con un arrebatador de sueños en aquel negro y tenebroso callejón.


G. Sayah


 

Poeta en Nueva York 27.0


Relato 129.0


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Si, soy su esposa, al menos en teoría. El muy canalla se fue hace más de un año, aunque no se lo reprocho. 

Hundida en la miseria

y roto mi presente,

lloro su ausencia,

me arrepentiré por siempre…

Me dijo que necesitaba espacio, que en este pueblo de mierda se ahogaba, que su ambiente rancio y encorsetado y su gente entrometida y zafia, le estaban restando días a su vida, y que su vida, como la de cualquier mortal, era corta y tenía que saborearla de otra manera. Me dijo que lo acompañara, para empezar de nuevo, en otro lugar, pero tuve miedo, y además, nunca creí que fuera capaz de irse…


G. Sayah


 

Poeta en Nueva York 26.0


Relato 128.0


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Todavía estás, si, te tengo en la memoria, recuerdos evocados, recuerdos tuyos, pero también míos, nuestros.

Las sábanas están impregnadas con tu olor, aquel perfume que tanto te gustaba sobrevuela el apartamento que un día compartimos, siento tu presencia, a veces creo verte sentado leyendo mientras te preparaba un café…

Todavía estás, 

todavía te tengo, 

te aferro con fuerza.

¡No te vayas!

Aún no puedo,

no soy capaz,

no quiero.

Soportar la soledad

¡aún no puedo!

Todavía te tengo…

Esta misiva es testigo de que todavía te amo, y no hay un solo día que no derrame lágrimas echándote de menos…


G. Sayah


 

Poeta en Nueva York 25.0


Relato 127.0


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Sus piernas algo torpes y cansadas, y es que la edad no era tolerante con el paso del tiempo, obligaban a sus pies rumbo al norte de la isla.

Ese día se levantó temprano, como era costumbre en él, y tras tomar un café bien cargado, sintió unas irreprimibles ganas de escuchar música en directo, por lo que no lo dudó… Harlem, misa gospel. Hacía años, no recordaba cuantos, de la última vez. 

Casi veinticinco, eran los que llevaba viviendo en Nueva York. Su memoria le traía recuerdos imborrables, sueños conquistados, aventuras fascinantes, imposibles de experimentar en su tierra natal, un lugar estrujado por una sociedad arcaica y retrógrada, zafia, que juzga lo diferente, cuestiona lo novedoso, y que se aferra a una tradición muy ibérica, el aparentar. Él nunca quiso aparentar, siempre deseó mostrarse tal y como era, con sus virtudes y no virtudes, aunque eso le acarreara siempre bastantes problemas. Para poder hacerlo sin ser víctima constante de los chandalas de su pueblo, tuvo que marchar. 

La gran urbe le mostró el camino, le dio la ocasión de desarrollarse como ser humano, de mostrarse transparente, con sus defectos y no defectos, logrando que su yo interior floreciera cual azahar de primavera.

Ya, en el ocaso de su vida, evocaba aquellos recuerdos que no hubiese   vivido de no haber arriesgado…


G. Sayah


 

Poeta en Nueva York 24.0


Relato 126.0


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Casi cinco años en los que habíamos compartido nuestras vidas. Desde mi llegada a la isla supuso un apoyo imprescindible para mí, un guía necesario que poco a poco fue conociéndome hasta protagonizar la búsqueda de mi yo interior, y haciéndome descubrir sensaciones que jamás hubiese imaginado que estaban tan cerca.

Esencial en el día a día, pilar indispensable, me pidió que le acompañara a recoger unos resultados médicos, y la noticia no pudo ser más terrible… Samuel, lo siento, tienes un cáncer terminal. Podría decirse que esa fue la frase resumen de lo que nos dijo el doctor.

El cielo de Manhattan se desplomó

cual gigantesca losa de cemento,

pesada, magna, ineludible cayó.

Llora.

Las tormentas envolvieron dos almas

y los rayos arañaron corazones.

La oscuridad copó el presente,

el futuro con su destino, desoladores.

– No te preocupes – me dijo. – Los días que me restan los viviremos con mayor intensidad si cabe. Yo, con un nudo en la garganta, incapaz de articular palabra, comencé a llorar, y a día de hoy aún no he parado…


G. Sayah


 

Poeta en Nueva York 23.0


Relato 125.0


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Sus luces y sombras, el despertar dormido de los días, su amor truncado, atardeceres solitarios y auroras vacías, habían debilitado su ánimo, y la penumbra le comía terreno al resplandor que tiempo atrás envolvía su vida en la gran ciudad.

Sentado en mi carcomido banco

veo la vida pasar.

Inexorable, ella camina

hacia un crepúsculo,

universal senda,

travesía común que

todo viaje comparte…

Si, todos los caminos conducen a ella, la muerte inevitable del ser humano, y conforme va cumpliendo años y más cercana la siente, menos la teme, lo que no quita que una profunda aflicción ocupe parte de su espíritu…


G. Sayah


 

Poeta en Nueva York 22.0


Relato 124.0


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A veces es inútil el esfuerzo. Por mucho que me empeñe no lo consigo, y lo peor de todo, creo que nunca lo conseguiré.

Esta sensación de asfixia está inevitablemente conectada con mi forma de ser. No puedo respirar este rancio y viciado aire, y el poco que consigo inspirar se me antoja insuficiente y a la vez dañino.

Ignoro a partir de que día decidí que no encajaba en este lugar, un lugar que se ha convertido en una especie de ente que poco a poco me oprime, invade mi alma de manera perniciosa, y desde lo más profundo, aflora desde mi interior un sentimiento de cansancio que progresa rápidamente de manera ominosa.

Abro los ojos pero no veo.

Acaricio tu cuerpo,

no lo siento.

¡Qué ocurre!

Asustado, 

miro a mi alrededor

pensando, pero no infiero.

El diablo es testigo de que lo intento…

Posiblemente, querer encontrar una Arcadia donde evolucionar, experimentar, descubrir, arriesgar… sea una utopía, pero prometo no rendirme.


G. Sayah


 

Poeta en Nueva York 21.0


Relato 123.0


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Ignacio, ahora Nacho, había cambiado, era otra persona, diferente, que supo hace tiempo tomar una decisión.

Asfixiado e incomprendido, estaba sumido en un estado de melancolía permanente. Su pueblo natal no supo aceptarlo en ningún momento tal como era, tal y como se merecía, ni más ni menos. Era diferente, no encajaba.

En Nueva York halló lo que buscaba. Libertad de movimiento, lejos de miradas inquisidoras, encontró aire, un aire que le permitía respirar para combatir aquella asfixia metafísica que provocan los lugares encapsulados en el tiempo, donde las modas y el progreso llegan con un retraso de medio siglo, la gente se entretiene con la vida de los demás y un pensamiento distinto altera la paz atávica y zafia de la comunidad.

También encontró el amor, un amor que en aquel pueblo era cuanto menos reprobable, rozando lo prohibitivo. Sus padres nunca lo entendieron, lo que no evitó que el hecho de que no le gustaran las chicas, no supusiera que la familia cayera en desgracia social. Una desgracia que bien podía habérsela apropiado él por completo, pero el ser humano es cruel, y se ensaña con cualquiera y por cualquier motivo, y esta vez le tocó a su gente, lo que agravó su malestar y tristeza.

Todo, precipitó su huída, suponiendo que de esa forma solucionaría algunos de aquellos problemas, y que la situación se relajaría notablemente, pero hasta ahora, la comunicación epistolar con sus ascendientes no era muy halagüeña. 

Pues sí, encontró el amor, y eso le hacía feliz. ¿No era eso lo que todo el mundo buscaba? ¿Felicidad? La balanza se decantaba, y la decisión en su día de abandonar su arcaica villa fue difícil pero acertada…

Otros derroteros.

Ciudad granítica y adusta, 

me viste llegar,

me ofreces soñar.

Sueños anhelados

en lugares imposibles…


G. Sayah