“La máscara del pasado”

“Es utensilio extraño la memoria.  Evoco ahora lo que no he vivido”

José Manuel Caballero Bonald

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“El corredor de la muerte”

            Allí estaba, justo en frente, detrás de la blindada mampara, después de enésimas misivas y otras tantas llamadas telefónicas había accedido a entrevistarme con él, un persistente periodista que durante meses mostró tener una increíble paciencia.

            Yo, un reo esperando mi muerte. Mi destino estaba escrito hacía tiempo ya. La inyección letal me esperaba a la vuelta de la esquina, y el caso es que no me preocupaba demasiado, todo lo contrario, era algo lógico después de mi trayectoria criminal. Veintitrés atroces asesinatos, y porque aquellos dos incansables detectives que durante dos años me fueron pisando los talones hasta que me detuvieron, consiguiendo así detener mis terribles actos. Terribles a ojos de la sociedad claro, desde mi punto de vista mis actos estaban justificados, en contraposición a dicha sociedad hipócrita y corrupta.

            Mi conducta delictiva, reprobable, pues sí, aunque no me arrepiento en absoluto, ya que la mayoría se lo merecían, el resto, una minoría acuñada en la recurrente frase de aquellos que practican terrorismo de estado, daños colaterales. Lástima, pero estaban en el lugar equivocado y en un momento poco propicio para con sus vidas.

            La verdad es que no, que no me arrepiento de haberlo hecho. Creo que si volviera atrás en el tiempo, lo haría de nuevo, quizás de otra forma, pero sí, buscando el mismo fin, acabar con aquellos indeseables que no merecen vivir.

            ¿Qué sentía cuando lo hacía? Fue una de las preguntas del curioso periodista que pretendía escribir una biografía sobre mi vida. Pues no sé, una especie de satisfacción del deber cumplido, una sensación de haber hecho algo bueno, de haber contribuido positivamente en conseguir tener un mundo mejor en el que vivir, nada de placer tipo sádico ni nada por el estilo, que gracia.

            El fin de mis días. Es posible que aquel reportero y sus lectores queden algo decepcionados, ya que no tenía la intención de dar muchos detalles, estos me los llevaría conmigo al infierno.

“Después de la guerra”

     “Contra el silencio y el bullicio invento la palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día. El hombre es palabra y la palabra es fundamento de todo lo creado”.

                                                                                                         Octavio Paz

“Hace algún tiempo…”

            Ismael era un chico icástico, de naturaleza sencilla y personalidad transparente. Consciente de que llevarse bien con todo el mundo era imposible, lo intentaba y le hacía sentirse bien. Eso sí, a los que no le querían bien, prefería no tenerlos cerca.

            Tenía pocos amigos, sin embargo presumía de ellos y profesaba un gran cariño por cada uno, era agradable.

            No podía dejar de esbozar una sonrisa cuando le venía al pensamiento el recuerdo de su infancia. Con apenas nueve años, jugaba a las canicas en su antiguo barrio, por entonces sin asfalto ni acerados, inundado de casas desiguales y a medio construir.

            Las calles de un albero amarillento, estaban repletas de agujeros y piedras, por donde se formaban grandes surcos cuando llovía para que el agua corriera cual manantial de primavera.

            Era con Pablo con quien más compartió esa etapa, con quien compartió los primeros secretos, los primeros desengaños amorosos con las chicas, las primeras cervezas, los primeros suspensos, los primeros cigarrillos robados y fumados a escondidas…

            Hoy en día, esa amistad todavía perdura, le ayuda a superar malos momentos, le hace reír, consigue que no pierda la memoria, anima su futuro, le transporta a esa adorable infancia encadenada a la pubertad y después a la adolescencia, con unos eslabones fuertes y resistentes forjados en una fragua rebosante de sinceridad, respeto y amor…

Relato 51.1

            Un sonido infernal llegó a mis oídos. Sin lugar a dudas eran cazabombarderos. La pregunta era: ¿se tratarían de los nuestros o de los suyos? Un escalofrío me recorría la espina dorsal junto con una intranquilidad lógica ante la segunda posibilidad.

            Me apresuré a guardar en el interior de mi sucia chupita mimetizada el trozo de lápiz y la misiva que le estaba escribiendo a mi amada esposa para afrontar lo que sería un nuevo episodio de aquella cruenta e inútil guerra.

            Una voz proveniente del extremo de la trinchera en la que me encontraba informó extraoficialmente de que los aviones eran nuestros, lo que supuso un alivio para el reducido personal de infantería que resistíamos estoicamente en aquel oscuro y enfangado lugar.

            Un par de minutos después, el teniente Ryan nos informaba de que las órdenes habían cambiado, que no sólo teníamos que hacernos fuertes y aguantar la posición, sino que debíamos tomar una pequeña colina situada al noroeste, a unos escasos quinientos metros, donde el enemigo disponía de un puesto de mando avanzado.

            – ¡Una vez el apoyo aéreo haga su trabajo, atento a mi señal! – Gritó el teniente, alzando el brazo para hacerse ver y seguro de sí mismo y de sus huestes.

            Los pesados y negros pájaros de acero comenzaron a soltar enormes bombas delante de nuestras mismas narices. El sonido infernal pasó a ser música celestial a mis oídos, tras el temor inicial y la complicada situación en la que nos encontrábamos desde hacía ya varios días.

            El asalto a aquel bastión enemigo no sería nada fácil, tendríamos numerosas bajas, de ahí la cara de preocupación de nuestro oficial. Ya quedábamos pocos.

            El montículo presentaba unos salientes que a todas luces serían ametralladoras MG 42 camufladas y dispuestas a liquidar todo aquello que se moviera en su radio de alcance.

            Rodilla en tierra y “chopo” terciado me encomendé a un dios en el que no creo, supongo, esperando órdenes con el deseo y poco convencimiento de seguir viviendo un día más…

Relato 52.0

           El invierno era duro en Fjällbacka. Días cortos de luz solar y un frío permanente que te calaba hasta los huesos. Un frio que hacía imprescindible y protagonista a un buen sistema de calefacción para tener un hogar confortable, al igual que buena ropa de abrigo para poder salir a la calle, pese al papel suavizador de temperaturas que ejercía el mar en aquel bonito pueblo costero.

            Carlos no acababa de acostumbrarse, y ya habían pasado varios años desde que dejó aquel país mediterráneo y casi tercermundista. Este clima gélido no le haría cambiar este lugar tan maravilloso e ideal para llevar un estilo de vida bastante aceptable, por no decir completamente acertado.

            Por su parte Erik, oriundo de la ciudad costera, acababa de levantarse, y se tomaba un café bien caliente mientras ojeaba el periódico, sentado en su confortable sillón de lectura frente a la chimenea, que empezaba a crujir y a desprender ese característico olor a madera quemada.

            Estaba dispuesto a disfrutar de su primer día libre después de semanas sin parar de trabajar, y es que últimamente y de manera anormal, el número de homicidios que habían acaecido en Fjällbacka aumentaron terriblemente, máxime si se tenía en cuenta que su población apenas si superaba los mil habitantes. Con los datos en la mano, la proporción era elevadísima.

            Como detective le preocupaba enormemente, aunque albergaba la esperanza de que el asesino en serie que estaba actuando en tan breves intervalos de tiempo cometiera algún error que propiciara su captura, ya que los habitantes de este acogedor lugar de veraneo sueco comenzaban a sentirse un tanto atemorizados.

            – Esto parece Cabot Cove, y yo, Jessica Fletcher,- se decía mientras ojeaba la portada del diario, en el que aparecía la noticia del enésimo asesinato ocurrido, al tiempo que su teléfono comenzó a sonar…

“Lorca, su impronta”

Ciencia sin raíces: pérdida de valores de un sistema que ha puesto la ciencia no al servicio del bienestar y del progreso armonioso del ser humano, sino de un sistema que desconoce los principios éticos y pisotea su dignidad: le desnaturaliza y le esclaviza.

(Nueva York, 1929)

“Dreams”

Fue un invierno especialmente duro, y no en lo referente a la climatología, que también, sino porque apenas hacía dos meses que había fallecido su mujer. Tardaría en asimilarlo, pensaba Ethan, es más tenía una honda y terrible sensación de que no lo haría.

John, su mejor amigo, le comentó un día que la muerte de un ser querido con el que estás habituado a convivir diariamente no se supera, sino que aprendes con el tiempo a llevarlo lo mejor posible, siempre estaría presente. – No hay otra – me decía, cuando ya habían transcurrido varios años desde que su padre falleció.

Anthony, que gran hombre. Todavía lo recuerdo sentado en su rincón de leer, como él lo llamaba, en un confortable sillón con una novela en sus manos bajo la tenue luz que le proporcionaba una vieja lámpara. Con una bufanda en el cuello y mirándome por encima de sus gafas negras. – ¿Un té Ethan? – Siempre me lo ofrecía con la condición de que yo le prepara el suyo, y como un ritual, compartíamos un rato de conversación, casi siempre en torno a la literatura o el cine.

De camino a la tienda de ultramarinos del pueblo, hacía mentalmente un esfuerzo por recordar qué compraría para rellenar el frigorífico. – Ya estamos otra vez – y es que no podía dejar de pensar en ella. Era Vanessa la que se encargaba de hacer la compra y cocinar. ¡Y como lo hacía! Era maravilloso, verla entre fogones y utensilios, destilando una pasión inusitada hacia los alimentos que elaboraba con tanto cariño. Todavía podía percibir esos aromas a especias de todo tipo con las que aderezaba sus comidas, que luego compartíamos juntos acompañadas de un buen vino.

Casi la convenzo para abrir un pequeño restaurante, donde serviríamos a pocos clientes, acogedor y familiar, con pocas mesas, disfrutando el uno del otro a la vez que dábamos rienda suelta a una de sus pasiones. Era un sueño, dejar nuestros respectivos trabajos y de esta forma pasar más tiempo juntos, que en el fondo era lo único que nos importaba.

De repente lo embargó un profundo sentimiento de tristeza y melancolía, y pensó que ella no querría verlo así.

No paró en la tienda, pasó de largo y se dirigió a casa. – Es hora de cumplir con uno de los sueños que nos propusimos. – Lo primero que hizo fue llamar a su amigo. – Hola John, cómo lo llevas. ¿Te importaría llevarme al aeropuerto? Si, ahora. Pues no lo se aún. Estupendo, en casa te espero.

Cogió su mochila donde metió una muda de ropa, el cargador de su iPhone, el Mac, una novela inacaba y su Moleskine.

Mientras esperaba a John, se sentó en una desvencijada mecedora que Vanessa restauró en su día y se fumó un cigarrillo mirando a su alrededor y pensando que con un poco de suerte tardaría en volver, es más, intentaría no hacerlo…

Madrid 9.0

            Con la cabeza hundida entre los almohadones de la cama, Noelia pensaba qué sería de ella, qué le depararía el futuro, que haría con el presente, qué consecuencias le acarrearía el error cometido en el pasado.

El embarazo la cogió por sorpresa y la había sumido en un mar de dudas y de intranquilidad. Sus padres, sus amigos, sus estudios, cómo viviría, dónde, todo eran incertidumbres que la hacían dirigirse hacia un estado de ansiedad que no quería sufrir.

            No obstante, lo único que si tenía claro era con quién querría estar, con su bebé, y aunque no se imaginaba como podría ser su papel como joven mamá, si estaba segura de poder desempeñarlo.

            Tantas eran las preguntas que le atoraban la mente que intentó dejar de pensar un momento, focalizó su mente en un imaginario folio en blanco, respiró hondo e intentó relajarse, hacer un paréntesis, para más tarde volver a realizar un esfuerzo en pos de aclarar algunas ideas con la cabeza algo más fría.

            Tras darse una buena ducha, se enfundó unos vaqueros y una camiseta, se calzó unas cómodas Adidas y salió del dormitorio para encontrarse con su tío, con el que había quedado el día antes en ir de shopping, éste fumaba plácidamente mientras leía una novela en el pequeño salón de su acogedor apartamento.

            – Buenos días princesa mía, qué tal has dormido. –

            – Bien, muy bien.- Mintió Noelia para no preocuparlo más de la cuenta.

            Los dos, cogidos de la mano, encaminaron sus pasos por el barrio de Malasaña rumbo al centro para hacer unas compras, no sin antes pasar por el Roca Blanca para desayunar. Un buen pincho de tortilla con un café bien calentito, iba pensando Noelia, mientras su tío le decía que la notaba seria y que él estaba junto a ella para lo que le hiciera falta, aunque solo fuera charlar.

            – Gracias tito, contaba con ello. ¿Sabes que te quiero muchísimo? –

“Fire”

La adrenalina invadía su organismo, era algo inevitable, sólo la experiencia de varios lustros le hacía sentirse seguro, a pesar de no saber nunca lo que se iba a encontrar con exactitud y el haberse desecho de la inseguridad inherente de los primeros años como bombero.

El tren de salida ocupaba la calzada por entero y las trompetas sonaban estridentes llamando la atención de conductores y viandantes, derramando un ruido en la metrópoli que no auguraba nada bueno.

Ethan, su admirado jefe impartía unas mínimas instrucciones, advirtiendo del posible peligro y de que cuidáramos el uno del otro. Cientos eran las intervenciones que habían compartido juntos y estaba acostumbrado a ese ritual, se sentía responsable de la seguridad del grupo y repetía siempre los mismos consejos.

– ¡Estación 51 en el lugar del siniestro! Aquí vamos a necesitar la presencia de más efectivos.

Las miradas hacia el cielo, el edificio imponente, cincuenta y cuatro plantas, la situación que nunca querían que se diera, pero la realidad era otra y se había dado.

Las llamas ocupaban al menos tres plantas en torno a la cuarenta, era impresionante y espectacular para todos, a pesar de no ser el primer incendio al que se enfrentaban.

– ¡Vamos chicos, pongámonos las pilas! Me acaban de comunicar que tenemos al menos veinticinco personas en las plantas que están justo por encima del incendio.

– Esto va a ser una tarea ardua- pensaba Frank mientras terminaba de colocarse el verdugo y el casco, y sin poder de dejar de observar el magnífico rascacielos entorchado…