Relato 90.0


Taxi NYC


´La huída’

Poco a poco, sorbo a sorbo, disfrutaba de su humeante y deliciosa taza de café, al tiempo que escuchaba las primeras noticias de la mañana por la radio. ‘El parte’… como decía su padre.

– Parece que hoy no todo es malo. – Pensó cuando el comunicador radiofónico anunció que el gobierno de turno tenía la intención de subir las pensiones, a la vista claro está de unas elecciones cercanas. El resto fue una tirada de titulares sobre violencia machista, inmigrantes que perdían la vidas en el mar intentado buscar un lugar mejor donde vivir, catástrofes naturales al otro lado del mundo, pobreza extrema que cercenaba vidas infantiles en países del tercer mundo, políticos imputados por corrupción… una negra y macabra lista interminable.

Aquello era lo normal al despertarse cada mañana, aunque no lo era que su teléfono fijo sonara, y menos, tan temprano.

– Dígame. –

Una voz desconocida y en un susurro apenas imperceptible, le soltó un par de frases que hicieron que se le helara la sangre.

Se le cayó el auricular de la mano que lo sostenía y tardó al menos un minuto en reaccionar, y cuando lo hizo, rápidamente atrapó su abrigo que colgaba del perchero que tenía en la entrada de su apartamento, como un relámpago abrió la puerta y se precipitó escaleras abajo sin cerciorarse de que la dejaba abierta.

Ya en la calle, paró el primer taxi que vio libre y se lanzó de cabeza en el asiento de atrás.

– Buenos días. ¿A dónde la llevo? –

– Sólo conduzca, y rápido por favor… –


G. Sayah

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Microrrelatoser 39.0


11S


Bombero abatido


Pesaban muy poco pero aplastaban sueños, figuras como salidas de un cuadro de Dalí, imágenes alegóricas agolpadas en su mente, mente repleta de imágenes incapaz de gestionar aquella situación. Un sistema neurológico colapsado por lo real, por lo sobrevenido, una realidad presente y palpable alejada de lo onírico, que destruía cualquier atisbo de razón, la razón necesaria que no podría abrirse paso en ese preciso momento donde un gran amasijo de hierro y acero se mostraba cruelmente adornado de sangre y dolor…


G. Sayah


 

‘Poeta en Nueva York 9.0’


Relato 111.0


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Esa mañana, no sabía muy bien por qué, pero estaba algo malhumorado, quizá por la llamada de su jefe a las cinco de la madrugada. Necesitaba un café.

– Entorno a las once de la noche. –  Oía decir al forense con respecto a la hora de la muerte. El desgraciado presentaba unas veinte puñaladas y varios golpes con lo que podría ser un bate de béisbol.

– Era el encargado de hacer caja y cerrar. – Le comentó el agente que llegó primero al escenario del crimen. – No hay testigos. –

Sangre por doquier, vasos rotos, recaudación intacta, cerradura no forzada, un cadáver destrozado y humillado mediante un ensañamiento bestial.

El inspector se preguntaba quién podría hacer algo así. Pese a su experiencia, se sorprendía constantemente del nivel de crueldad que un ser humano estaba dispuesto a alcanzar, cometiendo actos tan viles y salvajes como aquel. 

Por qué y para qué.

No lo sabemos,

nadie lo sabía,

Pero siempre, sucedía…

Individuos portadores de una mente maquiavélica capaz de lo peor, no podía dejar de pensar que, inexorablemente, esta sociedad se encaminaba hacia la autoaniquilación… 


G. Sayah


 

Microrrelatoser 48.0

La Parca II


Hablar de muertos vivientes no era precisamente un tema que ocupara sus conversaciones y pensamientos, pero si lo era la muerte en si. El temor de que le llegara la hora era algo que invadía todo su ser. Sobre todo, que se presentara antes de tiempo, eso le hacía cagarse en los pantalones. Caía la noche y la sensación de que la parca iba a llamar a su puerta le provocaba un temblor y un desasosiego que traspasaba la frontera del miedo. Como a casi todo el mundo le costaba aceptar que tarde o temprano recibiría su visita…


G. Sayah

‘Poeta en Nueva York 8.0’


Relato 110.0


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Ríos desbordantes

inundan los acerados, 

hormigonados y sucios.

Gente en las calles…

Una suciedad aparentemente quieta, pero que aparece y desaparece como por arte de magia, al igual que ellos, nosotros. De la casa al trabajo, del trabajo a casa, con una efímera visita al Deli de la esquina para hacernos con algo de comida. 

Dejamos por el camino un reguero de polución que la urbe ya no puede absorber en su totalidad pese a sus titánicos esfuerzos.

Ora grandes bolsas de desperdicios se amontonan, ora estas son retiradas por brillantes brigadistas de recogida de residuos. 

Mientras, encarcelados estamos en nuestras vidas, prisiones personales. Dormimos, nos despertamos, damos los primeros pasos del día, conducimos, esperamos rutinariamente a que llegue el metro, picamos la entrada en los centros de concentración humana a los que eufemísticamente llamamos ‘trabajos’, vaya palabreja,  en pos de un mísero sueldo que nos dé para el alquiler, picamos la salida buscando una evasión que no llega, ni llegará, anhelando al menos un futuro ‘weekend’ que nos dé un respiro, viendo el partido, tomando unas copas… un paréntesis que la ciudad si nos puede brindar en forma y modo de arquitectura evasiva, mastodóntica, que nos tiene atrapado, sin cerciorarnos del círculo vicioso al que estamos sometidos, que como bien representa Uróboros, cíclicamente no tiene fin…


G. Sayah


 

Reflexión 10.0


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Leer nos enriquece la vida. Con el libro volamos a otras épocas y otros paisajes; aprendemos el mundo, vivimos la pasión o la melancolía. La palabra fomenta nuestra imaginación: leyendo inventamos lo que no vemos, nos hacemos creadores.

Ahora nos gritan que vale más la imagen y con la televisión, la primera escuela, se inculcan a los niños, antes que hablen, los dos desafueros del sistema: la violencia y el consumo. Con esas cadenas el poder político y el económico nos educan para ciudadanos pasivos, sin imaginación porque siempre es peligrosa para los poderes establecidos. Y ante esas imágenes carecemos de voz: no tenemos medios para televisar contrariamente mensajes de tolerancia y de sensatez. 

Hace cinco siglo la imprenta nos libró de la ignorancia llevando a todos el saber y las ideas. El alfabeto fomentó el pensamiento libre y la imaginación: por eso ahora nos quieren analfabetos. Frente a las imágenes impuestas necesitamos más que nunca el ejercicio de la palabra, siempre a nuestro alcance. El libro, que enseña y conmueve, es además ahora el mensajero de nuestra voz y la defensa para pensar con libertad.


José Luis Sampedro

El valor de la palabra


G. Sayah


 

Acróstico 5.0


Reload 5.0


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Trazos sobre un lienzo gastado.

Acción provocadora de una catarsis.

Tinta animada, una tesis,

un lugar de refugio encontrado.

A veces si, a veces no,

jalonan recuerdos perdidos

en la búsqueda de un destino,

‘satisfecho’ de su pasado.


G. Sayah


 

Relato 21.0


Reload 21.0


Libreria-Tribeca - Versión 2


…Y la mesa estaba llena de libros. Así terminaba la última novela que cayó en mis manos. Ésta versaba sobre la relación apasionada y adicta de Adrián por la lectura, refugio del protagonista de ficción en el que no podía evitar verse reflejado. Experimentaba una sensación de cierto paralelismo entre lo real de su existencia y la de Adrián, personaje libro-dependiente que como él, encontraba en cualquier escrito, ensayo, poema, artículo… una excusa para trasladarse a mundos diferentes y lejanos.

Sorpresa le causó hallar en páginas trazadas de tinta, cual obra pictórica escrita en lienzo, a un cómplice con el que se identificaba, llegando incluso a sentir una inevitable angustia por no poder establecer un diálogo presencial con aquel chico, cuya alma era casi gemela a la suya.

Se preguntaba si tendría la suerte de encontrar algún día a alguien como él, ¿o era él?, quién había saltado de entre las páginas de un libro para caer en las calles de una ciudad que poco le aportaba, ciudad de un país indigno y mísero, país de un mundo egoísta y cutre, cruel y despiadado, hipócrita e insolidario…

¿Podría algún día volver al interior de esas páginas de las que un día salió para no volver nunca jamás?


G. Sayah


 

‘Poeta en Nueva York 7.0’


Relato 109.0


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La noche derramaba oscuridad sobre las callejuelas vacías y sucias de Manhattan, y esta, la isla perfecta, vigilaba atenta con exiguas farolas, desvencijadas y tristes, luchando por llevar luz a todos los rincones.

Esfuerzo vano,

intento ineficaz,

resultado sombrío

de una urbe tapada.

Ese negro azabache, bello en avenidas bellas, se hacía tenebroso en las calles, desagradable, mugriento, donde ratas y ‘no ratas’ pugnaban por un botín merecido a esas horas, un alijo envuelto en contenedores y cubos de basura deshonestos.

Las sombras eran testigos de dos historias, siempre son dos, las historias que marcan la línea, que trazan el camino, y el individuo en ocasiones tiene la oportunidad de consagrar su voluntad hacia cualquiera, ambas visibles, palpables, dispuestas a ofrecer una alternativa urbana…


G. Sayah