Ensayo 1.0

El statu quo del conflicto bélico era previsible. Tanto la igualdad en número de efectivos, como la inseguridad de las respectivas planas de mando, hacían que la tropa junto con sus oficiales y suboficiales se tomaran un respiro en aquella cruenta guerra. Como no podía ser de otra forma, cuál no lo es.

Hacía un frío casi incompatible con la vida, del que se mete en los huesos calando hasta el tuétano. Pablo y Marco intentaban evadirse de la gélida realidad jugando a los dados en un rincón de su diminuta y enfangada trinchera.

Trinchera de guerra II

Binomio inseparable desde hacía más de catorce años, aquella lucha armada no era ni más ni menos, que cualquier otra en la que habían estado a lo largo de su periplo militar.

Su amistad les llevaba a los mismos destinos, de manera voluntaria, por supuesto, con una complicidad obligada y una lealtad sobrenatural que utilizaban para cubrirse las espaldas mutuamente en cualquier ambiente, por muy hostil que fuera.

– ¿Un trabajo como otro cualquiera? – Es posible. Mercenarios del terror, así les llamaban. Cobraban por semana, lo pactado, cantidad generosa como para pagar la hipoteca, las facturas y mantener a sus familias. Lo que sobraba, para putas y alcohol.

Los trileros pensaban que su trabajo no era menos honrado que el llevado a cabo por los políticos contemporáneos, corruptos e ineficaces, aquellos que ni siquiera manejaban los hilos del poder, aquellos que jugaban a ser dios, cuando el verdadero dios, miembro de un poder fáctico, desde más arriba los titiriteaba a su antojo, a la vez que disfrutaba con las sobras, para putas y alcohol.

Un disparo quebró el silencio, alcanzando a Marco en la cabeza. Un único disparo, a manos de un francotirador paciente que con ojos de águila atisbó que aquel no llevaba el casco puesto.

– No te quites el casco. – Le había dicho Pablo cinco minutos antes. Una señal inequívoca de la preocupación mutua que ambos profesaban.

– Será sólo un momento, necesito que me de un poco el aire en la cabellera. –

En estado de shock, impotente y abatido, y con el rostro salpicado de sangre y materia gris, a Pablo le empezaron a brotar unas lagrimas amargas y secas, a la vez que por su mente a modo de fotogramas, iban pasando todas y cada una de las vivencias que juntos habían tenido.

Las trincheras de la muerte, así denominaba la prensa internacional a aquel lugar cargado de mierda y desolación, aunque más que un medio donde refugiarse durante el combate, parecía más una fosa común, repleta de individuos anónimos de medio mundo, fallecidos en pos de una guerra sin sentido, que acababan olvidados de la memoria de los vivos.

Algunos de esos “vivos” se frotarían las manos al ver como sus cuentas bancarias, situadas en paraísos fiscales, aumentan exponencialmente por cada bala disparada, por cada obus lanzado, por cada soldado caído. Dueños de empresas pantalla, miembros de lobbies armamentísticos, señores de la guerra, que de manera impune campan a sus anchas ante una legislación internacional redactada para ellos, pudiendo elevar sus beneficios económicos por encima del valor de la vida de un ser humano.

Vivos, también, que mientras almuerzan delante de las noticias que pasan por televisión, engullen ajenos a algo que está pasando, pero que les queda muy lejos y por suerte no les afecta. Vivos, ignorantes ante un mundo globalizado, borregos de una sociedad mediatizada que es arrastrada hacia una autodestrucción. Vivos que creen sentirse seguros en medio de un tablero de juego, donde la estrategia de los poderosos pasa por dominar mentes vacías y zafias.

Vivos que han perdido la memoria, la memoria de un pasado, la conciencia de un presente, un futuro encaminado hacia la autoaniquilación. Vivos que sostienen sobre sus hombros cabezas cuyo pabellón mental sólo retiene vanos y triviales pensamientos que convierten en problemas de fácil solución…

Hay que vivir el presente, el pasado ya no está, pero no se puede construir un futuro si perdemos la memoria y no tomamos verdadera conciencia de dicho presente.