Madrid 44.0


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Los días transcurrían rápidos, señal inequívoca de que todo iba sobre ruedas. La convivencia era casi perfecta, estaban bien el uno con el otro, no tenían problemas a la hora de repartir las tareas que demandaba el hecho de compartir un hogar, y cada vez que tenían la oportunidad, hacían el amor como locos.

Mientras María hacía frente a su rutina diaria en la oficina, Vincent ponía en orden el apartamento, hacía la compra y preparaba el almuerzo, la cena era cosa de ella, y el resto del tiempo se dedicaba a buscar trabajo.

Su currículum era bastante bueno, aunque no reflejaba una laguna temporal en el apartado de ‘experiencia profesional’. No quedaría muy ortodoxo reflejar que durante varios años había sido un asesino a sueldo, por lo que dicha laguna la suplía con un hipotético empleo en el que habría ejercido como abogado en un prestigioso bufete de abogados neoyorquino. Uno de los socios fundadores, era un viejo amigo, y si se diera el caso de que llamaran pidiendo referencias, le cubriría las espaldas. 

Podría ser un aspirante perfecto para cualquier puesto que le propusieran. Conocía varios idiomas, poseía un par de másteres y se graduó ‘cum laude’ en la Universidad de Harvard, un hecho este último que le otorgaba un aceptable prestigio a la hora de afrontar cualquier entrevista, que hasta ese momento habían sido escasas, aún así, era optimista y estaba seguro que no tardaría en emplearse.

Todavía, cuando se para a pensar y echa la mirada atrás, no encuentra una explicación de cómo se dejó captar por la CIA. Cursaba el último año cuando alguien se le acercó mientras repasaba unos apuntes sentado en un banco del campus, y dirigiéndose a él por su nombre de pila le tendió una tarjeta… 

– Llámanos si estás interesado. Nosotros lo estamos, y por favor, sé discreto –

Aquel individuo se fue tal como vino y nunca volvió a verlo. Seis meses después, una vez terminó el curso y habiéndose tomado un tiempo sabático, la curiosidad pudo con él y decidió hacer esa llamada, lo que propició el inicio de su etapa en La Agencia, casi cuatro años, antes de establecerse por su cuenta, viviendo una segunda etapa profesional menos arriesgada y mucho más lucrativa, aunque no fácil, ni la transición – dejar Langley – ni la serie de trabajos que tuvo que realizar.

Deseaba que su tercera experiencia en el mundo laboral encajara con los cánones que la ley imponía a la sociedad, y que mejor forma de hacerlo, en la medida de lo posible, que aplicando sus conocimientos en derecho.

Esperaba tener suerte…


g-sayah


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