Microrrelato 55.0


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Para que luego digan que los monstruos somos nosotros. Fue el primer pensamiento que asaltó la mente de Mark, cuando un guardia le dijo que se había consumado la última ejecución.  No sabía si aquel desgraciado al que le habían aplicado la letal inyección fuese culpable, pero si estaba seguro de que él no lo era. Nadie creyó nunca en su inocencia, y el sistema se lo iba a llevar por delante. Fallos en el procedimiento, una defensa incapaz y la sociedad ávida de ‘justicia’, lo arrastrarían sin remedio a una habitación, donde la muerte daría  también buena cuenta de él. Siguiente reo que dejaría de pernoctar el corredor…


g-sayah


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