Poeta en Nueva York 13.0


Relato 115.0


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Pero la culpa no era suya. Ella, la gran urbe, te adopta, acogiéndote en sus brazos de acero y cemento, te amamanta sin cesar para que tus ritmos sensoriales no desaparezcan después de cualquier frustración. Para que tus humores fluyan con total normalidad. Te enseña a que puedas confiar en algo tangible y te muestra oportunidades reales, próximas, factibles…

De un profundo pozo,

oscuro y deshumanizado

conseguiré salir pronto,

buscando un destino

visible y claro…

Amanece. Dejaré de ser el sicario de la noche, la bala perdida, el alma descarriada que deambula. Huiré de la depravación en la que estoy inmerso, envilecido a causa de mis fracasos.

Encontraré el destello que me guíe hacia la salida, y aunque desorientado, abandonaré el inmundo cieno que me cubre y ahoga, para aferrarme a la vida con fuerza, fijándome a su parte más real y superando el hado al que estoy sometido…


G. Sayah


 

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